Traición · Historia

Me culparon de un delito ajeno, pero el infierno de la prisión me hizo fuerte

Me culparon de un delito ajeno, pero el infierno de la prisión me hizo fuerte — Parte 1
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El peaje de la inocencia

El pasillo del pabellón B de la prisión de Alcalá-Meco siempre olía a una mezcla insoportable de lejía barata, humedad y miedo acumulado durante décadas. Las luces fluorescentes del techo parpadeaban con un zumbido constante, proyectando sombras alargadas sobre las paredes de hormigón desnudo. Sara caminaba despacio, vistiendo el tosco chándal gris que la administración penitenciaria entregaba a las recién llegadas. Su cabello rubio, antes sedoso y cuidado, ahora lucía descuidado y rebelde, un reflejo del caos en el que se había convertido su vida en apenas unas semanas.

En sus manos sostenía un paquete de toallitas desinfectantes, un pequeño lujo que había conseguido cambiar por su ración de postre en el comedor. En un lugar donde la higiene era casi un mito, aquellas toallitas eran su único escudo contra la suciedad del entorno. De repente, una figura imponente bloqueó el camino. Roxie, una de las reclusas más temidas del módulo, se plantó frente a ella. Llevaba una camiseta blanca que dejaba ver sus brazos tatuados y una expresión de desprecio absoluto en el rostro.

Me culparon de un delito ajeno, pero el infierno de la prisión me hizo fuerte
—Hora de pagar el peaje, novata —siseó Roxie, con una voz grave que resonó en el pasillo silencioso.

Antes de que Sara pudiera reaccionar, Roxie lanzó un manotazo rápido y preciso, golpeando el paquete de toallitas. El plástico golpeó el suelo con un sonido seco, esparciendo el contenido sobre el hormigón mugriento. Las reclusas que observaban desde los extremos del pasillo contuvieron el aliento, esperando ver el habitual llanto de sumisión de las nuevas. Pero Sara no lloró. Una rabia fría, alimentada por meses de injusticia y traición familiar, comenzó a hervir en su pecho.

—Ven a por ellas —respondió Sara, levantando la mirada con una determinación que desconcertó a su rival.

Una de las secuaces de Roxie dio un paso adelante con la intención de someterla, pero Sara fue más rápida. Con un movimiento instintivo y lleno de furia, lanzó un puñetazo directo que impactó en la mandíbula de la agresora, derribándola al suelo. Roxie, enfurecida, intentó abalanzarse sobre ella, pero Sara esquivó el golpe y contraatacó con un puñetazo demoledor en la boca del estómago. Roxie se dobló por la mitad, cayendo de rodillas sobre el frío suelo mientras jadeaba por aire. Despacio, Sara se agachó, recogió sus toallitas y continuó su camino, dejando claro que ya no sería una víctima fácil.

Despacio, Sara se agachó, recogió sus toallitas y continuó su camino, dejando claro que ya no sería una víctima fácil.