Segundas oportunidades · Historia

Defendí a una inocente en prisión y descubrí la verdad sobre mi propia condena

Defendí a una inocente en prisión y descubrí la verdad sobre mi propia condena — Parte 1
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Tensión en el patio de Cruz del Sur

El patio de la prisión de Cruz del Sur siempre olía a asfalto mojado y a desesperación. Aquella tarde, bajo un cielo plomizo que amenazaba con descargar una tormenta helada, la tensión se respiraba en cada rincón del recinto de hormigón. Las reclusas se agrupaban en corrillos, buscando un calor que el viento de otoño les negaba. Entre ellas destacaba Begoña, una mujer corpulenta y de mirada hostil que gobernaba el patio con puño de hierro y una crueldad alimentada por los años de encierro.

Sin previo aviso, la violencia estalló cerca de los lavaderos de metal oxidado. Begoña había arrastrado de los cabellos a Lucía, una reclusa recién llegada, menuda y de mirada asustadiza. Con un desprecio brutal, Begoña comenzó a hundir la cabeza de la joven en el agua sucia del pilón. Lucía chapoteaba desesperada, buscando aire, mientras las risas de los cómplices de Begoña resonaban contra los altos muros coronados de concertinas.

Defendí a una inocente en prisión y descubrí la verdad sobre mi propia condena

A pocos metros, Sara observaba la escena. Con las manos vendadas y vistiendo el tosco chándal gris de la prisión, la joven atleta sintió que la sangre le hervía. Sara no era de las que se metían en problemas ajenos, pero la injusticia era algo que su cuerpo, entrenado en la disciplina de las artes marciales, no podía tolerar. Dio un paso al frente, adoptando una postura de combate firme y equilibrada.

—¡Le va a dar una lección! —gritó una de las espectadoras, desatando el murmullo ansioso de la multitud que rápidamente formó un círculo a su alrededor.

Begoña soltó a Lucía, que cayó al suelo tosiendo y jadeando, y se giró lentamente hacia Sara con una sonrisa burlona. La diferencia de tamaño era abismal, pero en los ojos de Sara no había un ápice de temor.

—Quítate de mi vista —dijo Sara con una voz gélida que cortó el aire como una cuchilla.

Rugiendo de rabia, Begoña se lanzó hacia delante, lanzando un puñetazo salvaje destinado a destrozar el rostro de su oponente. Sin embargo, Sara se movió con la fluidez del agua: esquivó el golpe con un sutil juego de pies, conectó un golpe seco en el hígado de la gigante y, aprovechando el giro, lanzó una patada alta y demoledora que impactó de lleno en la mandíbula de Begoña. El coloso de Cruz del Sur se desplomó pesadamente sobre el cemento húmedo.

Sara se plantó ante ella, mirándola desde su altura con una frialdad implacable.

—Déjala en paz. O atente a las consecuencias —sentenció, dejando claro que las reglas en ese patio acababan de cambiar.

O atente a las consecuencias —sentenció, dejando claro que las reglas en ese patio acababan de cambiar.