El día que me defendí en prisión descubrí quién me había traicionado realmente
El peaje de la inocencia
El aire en los pasillos de la prisión de Cruz del Norte siempre estaba cargado de una mezcla insoportable de humedad, desinfectante industrial y el miedo latente de cientos de mujeres privadas de su libertad. Claudia, una joven de veintisiete años con el cabello castaño lacio y la mirada apagada por la injusticia, caminaba despacio de regreso a su celda. Entre sus manos sostenía un pequeño paquete de toallitas húmedas, un lujo que le había costado una semana entera de extenuantes turnos en la lavandería del penal. Su mente seguía divagando en el juicio que la había condenado por un delito financiero que jamás cometió, cuando una sombra imponente se proyectó sobre el suelo de hormigón gris.
Marta, una reclusa de complexión robusta y cabello de un rubio sucio, se interpuso en su camino con una sonrisa cargada de malicia. Sin mediar palabra, Marta lanzó un rápido manotazo que tiró las pertenencias de Claudia directamente al suelo cubierto de polvo. El pasillo, habitualmente ruidoso, quedó en un silencio sepulcral. Las demás presas detuvieron sus pasos, sabiendo que cualquier chispa en ese lugar podía desatar un incendio.

—Hora de pagar el peaje, novata —siseó Marta, mostrando los dientes con desprecio.
Claudia sintió cómo una oleada de calor le recorría el pecho. Estaba cansada de huir, cansada de ser la víctima de una conspiración que la había despojado de su vida libre. Se arrodilló despacio, pero no para suplicar. Sus ojos se clavaron en los de Marta con una determinación fría que nadie esperaba de una recién llegada.
—Ven a por ellas —respondió Claudia, con una voz que no tembló ni un solo segundo.
Una de las secuaces de Marta dio un paso al frente, levantando los puños para amedrentarla. Claudia, anticipándose al movimiento, se impulsó hacia adelante y le propinó un certero puñetazo en la mandíbula que la envió directamente al suelo. Marta, rugiendo de furia, se lanzó sobre ella. Con un movimiento ágil, Claudia esquivó el tosco ataque y hundió su puño derecho con fuerza demoledora en la boca del estómago de la líder. Marta se dobló por la mitad, perdiendo el aire antes de desplomarse sobre el frío hormigón. Claudia recogió sus toallitas con parsimonia y se alejó bajo la mirada atónita de todo el pabellón.
”Claudia recogió sus toallitas con parsimonia y se alejó bajo la mirada atónita de todo el pabellón.