Traición · Historia

El guardia corrupto que intentó destruirme en prisión no esperaba mi última carta

El guardia corrupto que intentó destruirme en prisión no esperaba mi última carta — Parte 2
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Anteriormente: Tras ser encerrada injustamente, Rebeca se enfrenta a la corrupción del oficial Torres dentro de la prisión. Una brutal confrontación en el patio desatará una serie de verdades ocultas.

La celda del aislamiento

El castigo fue inmediato. Arrastrada por tres guardias, Rebeca fue confinada en la celda de aislamiento, un zulo oscuro en las entrañas de la prisión donde el tiempo parecía congelarse. Sabía que golpear a un oficial significaba el traslado o una paliza sistemática, pero también sabía que Torres no podía permitirse denunciar el incidente de manera oficial sin levantar sospechas sobre por qué la estaba provocando.

A medianoche, el chirrido metálico de la pesada puerta de hierro anunció su llegada. Torres entró solo, con el uniforme desaliñado y una porra de goma en la mano derecha. Su rostro reflejaba una furia ciega, la humillación de haber sido derribado frente a toda la población reclusa.

El guardia corrupto que intentó destruirme en prisión no esperaba mi última carta
—Nadie te va a salvar aquí dentro, Rebeca —susurró Torres, cerrando la puerta tras de sí—. Aquí abajo no hay cámaras, ni testigos, ni derechos. Te voy a enseñar a respetar la autoridad.

Rebeca se levantó lentamente de la litera de cemento. No mostró miedo. En su lugar, metió la mano discretamente en el dobladillo de su pantalón, activando el pequeño dispositivo de grabación que una aliada en la enfermería le había facilitado días atrás.

—Adelante, Torres. Golpéame —dijo Rebeca con voz firme—. Pero antes de que levantes esa porra, deberías comprobar tu cuenta corriente en el banco privado de Andorra. ¿Siguen allí los doscientos mil euros que te transfirió el concejal la semana pasada?

Torres se detuvo en seco. La porra quedó suspendida en el aire. Sus ojos se abrieron con horror al escuchar las cifras exactas y el nombre de la entidad financiera. La seguridad que ostentaba se desmoronó en un instante, reemplazada por un sudor frío que comenzó a empapar su frente.

—¿De qué demonios estás hablando? —tartamudeó, intentando mantener la compostura, aunque su voz temblaba visiblemente.

Rebeca dio un paso adelante, acortando la distancia. El cazador se había convertido en la presa en su propio territorio.

El cazador se había convertido en la presa en su propio territorio.