El misterioso encuentro en la tormenta que salvó a Claudia de su peor pesadilla
Anteriormente: Huyendo de un pasado oscuro y sin rumbo bajo la fría lluvia de Asturias, Claudia se topa con un misterioso grupo de moteros que cambiará su vida para siempre.
El secreto revelado en el asfalto
Antes de que Claudia pudiera responder o intentar huir, Jairo desmontó de su pesada motocicleta y avanzó con paso firme pero tranquilo. La joven se encogió, esperando lo peor, pero el motero se detuvo a un par de metros. Sus ojos, antes fríos, se clavaron con asombro en el pequeño colgante de plata que colgaba del cuello de Claudia: una vieja brújula de plata desgastada.
¿De dónde has sacado esa medalla, muchacha? —preguntó Jairo, con una suavidad que contrastaba enormemente con su ruda apariencia.
—Era de mi padre, Mateo... —susurró Claudia, con la voz quebrada por el llanto y el frío—. Él me la dio antes de morir.

El rostro de Jairo se transformó por completo. Un destello de nostalgia y respeto profundo iluminó sus ojos. Resultaba que Mateo no solo había sido un miembro respetado de su club de moteros hace décadas, sino el hombre que le había salvado la vida a Jairo en su juventud. El rudo motero no estaba allí para dañarla; el destino la había llevado directamente ante los antiguos hermanos de sangre de su difunto padre.
Sin embargo, la paz duró apenas un instante. El chirrido violento de unos neumáticos rompió la calma del lugar. Un imponente coche negro de alta gama irrumpió en el aparcamiento, frenando bruscamente a pocos metros. De él descendieron dos hombres corpulentos vestidos de traje oscuro, los esbirros de confianza de Tomás, el influyente y controlador exesposo de Claudia.
Sube al maldito coche, Claudia. Sabes muy bien que no puedes esconderte de tu marido —gritó uno de los hombres con tono amenazante, ignorando por completo al grupo de moteros.
Claudia retrocedió horrorizada, pero Jairo dio un paso al frente, interponiendo su enorme silueta entre la joven y los recién llegados. El resto de los moteros descendieron de sus vehículos al unísono, cerrando filas en una muralla inquebrantable de cuero y acero.
”El resto de los moteros descendieron de sus vehículos al unísono, cerrando filas en una muralla inquebrantable de cuero y acero.