La enfermera que usó un hacha para salvar a una mujer enterrada viva
La desesperada carrera contra el tiempo
El aire en la sala número cuatro del tanatorio de la Almudena era pesado, cargado con el olor dulce y artificial de las flores y la frialdad de los aparatos de aire acondicionado. Los asistentes, vestidos de riguroso luto, susurraban palabras de condolencia a David, quien mantenía una postura rígida y un pañuelo en la mano, fingiendo un dolor que no sentía. Frente a ellos, el imponente ataúd de roble oscuro contenía el cuerpo de Doña Sofía. Para todos, su viaje en este mundo había terminado. Para Jésica, la batalla acababa de empezar.
La puerta de la sala se abrió de golpe, interrumpiendo el solemne silencio. Jésica, con su uniforme de enfermera aún puesto y la respiración entrecortada, entró sosteniendo un hacha de incendios que había arrancado de la pared del pasillo. Los presentes retrocedieron alarmados, pensando que se trataba de un ataque de locura. Sin dar explicaciones, Jésica avanzó hacia el féretro con determinación feroz.

¡Alto! ¡No está muerta!
Antes de que nadie pudiera reaccionar, Jésica levantó el hacha y la descargó con fuerza sobre la madera pulida. El impacto resonó como un disparo en la sala. Las astillas volaron, quebrando la paz del lugar. David, con el rostro transfigurado por el pánico, se lanzó hacia ella intentando arrebatarle el arma.
¿Qué estás haciendo? ¡Estás loca, detente!
Pero Jésica no se detuvo. Con un segundo golpe brutal, la madera se partió. Soltó el hacha y, usando sus propias manos, comenzó a desgarrar el interior del ataúd. Sus dedos sangraban por las astillas, pero no sentía dolor. Solo había una urgencia absoluta en su mente.
La oí. ¡Está respirando!
Un silencio sepulcral cayó sobre la sala cuando, desde la penumbra del féretro roto, una mano pálida y temblorosa se alzó hacia la luz. Un jadeo ahogado se escuchó desde el interior, implorando ayuda. El horror se apoderó de todos los presentes.
”El horror se apoderó de todos los presentes.