Secretos de familia · Historia

Su esposa murió hace años, pero una niña desconocida le jura que está viva

Su esposa murió hace años, pero una niña desconocida le jura que está viva — Parte 2
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Anteriormente: Guillermo caminaba por un callejón de Toledo cuando perdió una vieja fotografía. Al recogerla, una misteriosa niña de ocho años le reveló un secreto que destrozaría todo lo que creía saber sobre su pasado.

Un misterio en la floristería

Guiado por una mezcla de incredulidad y una desesperada brizna de esperanza, Guillermo decidió seguir a Mía por las laberínticas calles del casco histórico. La niña caminaba con paso alegre, ajena al torbellino de emociones que amenazaba con destruir la cordura del hombre que la seguía. Pocos minutos después, llegaron a una pequeña plaza donde se alzaba una acogedora floristería. A través del escaparate, rodeada de coloridos ramos de flores, se encontraba una mujer de espaldas.

Mía entró corriendo, haciendo sonar la pequeña campana de la entrada. Al escuchar el tintineo, la mujer se dio la vuelta con una cálida sonrisa que se congeló de inmediato al ver quién cruzaba el umbral. Era Irene. No cabía duda alguna. El rostro que Guillermo había llorado en silencio durante ocho largos años estaba allí, lleno de vida, aunque ahora pálido por el terror absoluto.

Su esposa murió hace años, pero una niña desconocida le jura que está viva
—¿Guillermo? No es posible... ¿Qué haces aquí? —susurró Irene, dejando caer un jarrón de cristal que se hizo añicos a sus pies.
—Te lloré cada día, Irene. Fui a tu entierro. ¿Por qué me hiciste esto? —reclamó Guillermo, sintiendo que la rabia y el dolor competían por el control de su voz.

Antes de que Irene pudiera responder, un hombre robusto de mediana edad salió de la trastienda al escuchar el estruendo del cristal roto. Al ver la tensión en el ambiente, se colocó protectoramente delante de Irene y de la pequeña Mía, mirando a Guillermo con hostilidad. Se trataba de Carlos, el antiguo socio de Guillermo, el mismo hombre que supuestamente lo había ayudado a gestionar los trámites del seguro de vida tras el accidente.

—Debes marcharte, Guillermo. No tienes nada que hacer aquí —dijo Carlos con voz fría y amenazante.

En ese instante, las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar en la mente de Guillermo de la forma más dolorosa posible. No había sido un accidente. Había sido una traición perfectamente orquestada por las dos personas en las que más confiaba en el mundo.

Había sido una traición perfectamente orquestada por las dos personas en las que más confiaba en el mundo.