Mi esposo me humilló por su madre, pero no sabía quién era mi padre
La tormenta en el vestíbulo
El aire en el gran vestíbulo de la mansión de la familia de Alberto se sentía tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo. Gwen, con su vestido azul cobalto que acentuaba su avanzado embarazo, temblaba incontrolablemente. Las lágrimas corrían por sus mejillas, mezclándose con un hilo de sangre que brotaba de un rasguño fresco en su pómulo. Apenas unos minutos antes, su suegra, Elsa, la había empujado durante una violenta discusión en la que se burló de sus orígenes humildes.
En lugar de consolarla o preocuparse por el estado de su futuro hijo, Alberto, vestido con un impecable traje gris carbón, la sujetaba del brazo con una fuerza dolorosa. Sus ojos estaban inyectados en sangre por la ira. En su mente, su madre era una santa intocable, y cualquier intento de Gwen por defenderse era una ofensa imperdonable que ponía en duda el honor de su prestigioso apellido.

—¿Cómo te atreves a hablarle así a mi madre en mi propia casa? —rugió Alberto, sacudiéndola con desprecio y obligándola a mirarlo a los ojos.
Gwen lo miró con una mezcla de horror y profunda desilusión. El hombre del que se había enamorado, aquel que prometió protegerla de todo mal, ya no existía; en su lugar, había un títere cruel controlado por una matriarca despiadada que disfrutaba con su sufrimiento.
—Tu madre me humilló y tú oíste cada palabra —respondió Gwen con la voz rota, intentando en vano soltarse de su agarre de hierro.
Desde lo alto de la majestuosa escalera de mármol, Elsa contemplaba la escena con una frialdad gélida. Su vestido escarlata brillaba bajo la luz de la gran lámpara de araña, y en sus labios se dibujaba una sonrisa de triunfo absoluto. Para ella, Gwen no era más que un estorbo temporal.
—Aprende cuál es tu lugar. Nunca pertenecerás a esta familia —sentenció Elsa con desdén, regocijándose en la humillación de la joven embarazada.
Justo cuando Gwen sentía que toda esperanza se desvanecía y que estaba completamente sola en el mundo, un estruendo resonó en la entrada. Las pesadas puertas dobles de madera noble se abrieron de par en par, revelando una figura imponente que cambiaría el destino de todos.
”Las pesadas puertas dobles de madera noble se abrieron de par en par, revelando una figura imponente que cambiaría el destino de todos.