La inocente que desafió a las mafias de la prisión para salvar a su hermana
El precio de la supervivencia
El pasillo del módulo de alta seguridad de la prisión de Cruz del Norte siempre olía a una mezcla asfixiante de desinfectante industrial y miedo. Aitana, una joven de veinticinco años con el cabello castaño recogido en una coleta alta, caminaba con paso firme pero alerta. Vestía el chándal gris reglamentario, la única armadura que tenía en aquel infierno de hormigón y acero. En sus manos apretaba un pequeño paquete de toallitas húmedas, un lujo que le había costado semanas de trabajo en la lavandería del penal.
De repente, una figura imponente bloqueó la tenue luz de los fluorescentes del techo. Era la Susi, una reclusa veterana de complexión robusta y cabello rubio ceniza, conocida por controlar el tráfico de favores dentro de la prisión. Con una mueca cargada de desprecio, la Susi dio un paso al frente y, de un rápido manotazo, tiró el paquete de Aitana al suelo.

—Hora de pagar el peaje, novata —siseó la Susi, buscando la humillación pública de la recién llegada ante la mirada atenta de las demás presas.
Aitana sintió que la rabia acumulada durante meses de injusticia le quemaba el pecho. No estaba dispuesta a dejarse pisotear. Se enderezó lentamente, miró a la gigantona directamente a los ojos y respondió con una frialdad que congeló el ambiente:
—Ven a por ellas.
Una de las secuaces de la Susi, interpretando el gesto como un desafío imperdonable, se abalanzó sobre Aitana con el puño en alto. Pero la joven fue más rápida. Con un movimiento ágil y preciso, esquivó el golpe y lanzó un puñetazo directo a la mandíbula de la agresora, derribándola al instante. Antes de que la Susi pudiera reaccionar, Aitana le propinó un golpe seco y demoledor en la boca del estómago. La imponente mujer se dobló por la mitad, cayendo de rodillas mientras jadeaba en busca de aire. Aitana se agachó con calma, recogió sus pertenencias del suelo y se alejó sin mirar atrás, dejando claro que no sería una víctima fácil.
”Aitana se agachó con calma, recogió sus pertenencias del suelo y se alejó sin mirar atrás, dejando claro que no sería una víctima fácil.