Segundas oportunidades · Historia

La presa que perdonó a su peor enemiga descubrió una traición imperdonable

La presa que perdonó a su peor enemiga descubrió una traición imperdonable — Parte 2
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Anteriormente: Clara no buscaba peleas en prisión, pero cuando Begoña la atacó por orden de alguien externo, su respuesta no solo salvó su vida, sino que desenterró un secreto familiar devastador.

La verdad detrás de los muros

La inesperada muestra de piedad de Clara dejó desconcertadas a las internas y, sobre todo, a la propia Begoña, quien aceptó la mano para levantarse en medio de un silencio sepulcral. Esa misma noche, aprovechando el caótico turno de limpieza en la lavandería del penal, ambas reclusas lograron hablar a solas, protegidas por el ensordecedor ruido de las lavadoras industriales.

Begoña, con el rostro serio y sin rastro de la hostilidad de la tarde, miró a Clara a los ojos con evidente culpa.

La presa que perdonó a su peor enemiga descubrió una traición imperdonable
—No era nada personal, Clara —confesó con voz baja—. Me ofrecieron una cantidad de dinero que mi familia fuera necesita desesperadamente para sobrevivir. El trato era simple: tenía que dejarte fuera de juego antes de tu juicio de apelación.

Clara sintió que el frío le recorría la espalda. Cuando le preguntó quién estaba detrás de ese pago, la respuesta de Begoña la dejó paralizada. Había sido Sofía, su propia hermana mayor, la misma que la había incriminado falsamente para quedarse con la totalidad de la herencia familiar.

Begoña sacó un trozo de papel arrugado de su calcetín y se lo entregó a Clara. Era un comprobante de la transferencia bancaria realizada desde una cuenta oculta de Sofía, junto con instrucciones manuscritas explícitas.

—Esto demuestra tu inocencia y expone su plan para destruirte —susurró Begoña—. Pero tenemos un problema grave. El director de esta prisión está compinchado con el abogado de tu hermana. Si descubren que nos hemos aliado, este papel desaparecerá y nosotras sufriremos las consecuencias.

A la mañana siguiente, los peores temores de Clara se hicieron realidad. Fue escoltada de urgencia a la oficina del director del penal. El hombre, con una sonrisa fría y calculadora, le mostró un documento sobre su escritorio de madera.

—Se ha ordenado tu traslado inmediato a un centro penal de máxima seguridad en la otra punta del país —declaró el director—. El furgón sale en una hora. Recoge tus cosas.

Clara comprendió de inmediato la jugada: querían aislarla por completo y arrebatarle cualquier posibilidad de defensa. Justo cuando el pánico amenazaba con paralizarla, la pesada puerta de la oficina se abrió de golpe.

Justo cuando el pánico amenazaba con paralizarla, la pesada puerta de la oficina se abrió de golpe.