La prisionera que arriesgó su vida para salvar a una inocente del infierno
El patio de la prisión provincial se sentía como una jaula de hormigón gris bajo un cielo encapotado que amenazaba con descargar una tormenta helada. Ámbar, una reclusa conocida por su mirada gélida, sus trenzas rubias y los tatuajes que cubrían sus manos, intentaba mantener la mente ocupada. Botaba un viejo balón de baloncesto contra el suelo agrietado, buscando en el sonido rítmico del cuero un escape de la asfixiante realidad del penal. Sin embargo, la paz duraba poco en aquel lugar donde la debilidad se pagaba con la vida.
De pronto, un murmullo de tensión recorrió las esquinas del patio. Ámbar detuvo el balón bajo el brazo y observó la escena. Alba, una interna corpulenta y de cabello corto castaño que controlaba el tráfico de contrabando en el módulo, tenía acorralada a Lucía, una joven recién llegada que apenas asimilaba la pesadilla del encarcelamiento. Alba la sostenía con fuerza por el cuello, disfrutando del pánico reflejado en sus ojos.

—¡Suéltala, zorra! —bramó Ámbar, dejando caer el balón, que rodó pesadamente por el cemento.
Alba soltó a su presa y se giró lentamente, con una sonrisa burlona que rápidamente se transformó en pura ira al ver quién la desafiaba. Nadie se atrevía a cuestionar su autoridad en el patio.
—¡Estás muerta, novata! —gritó Alba, abalanzándose con un puñetazo salvaje directo al rostro de Ámbar.
Con reflejos felinos, Ámbar esquivó el golpe inclinando su torso hacia atrás. Aprovechando la inercia de su oponente, giró sobre sus talones y conectó un derechazo demoledor en la mandíbula de Alba, seguido de una patada giratoria que impactó de lleno en su pecho, derribándola al suelo como un fardo de paja. El patio quedó sumido en un silencio sepulcral. Ámbar se inclinó sobre la derrotada gigante y le susurró con desprecio:
—Fuera de mi vista, basura.
”Ámbar se inclinó sobre la derrotada gigante y le susurró con desprecio:—Fuera de mi vista, basura.