Me encerraron para quedarse con mi fortuna, pero no sabían de lo que era capaz
El sol del mediodía caía como plomo sobre el patio de la prisión de Soto del Real. El aire, denso y cargado de polvo, apenas permitía respirar con comodidad. Sara se colgó de la barra de hierro oxidado, sintiendo el metal ardiente en la palma de sus manos llenas de callos. A sus veintisiete años, su cuerpo se había transformado en un templo de resistencia. Con cada dominada, el mono naranja de reclusa se tensaba contra sus hombros esculpidos por el esfuerzo diario. Para ella, el ejercicio físico no era una simple distracción, sino la única forma de mantener la cordura en un lugar diseñado para destruirla.
Al bajar de la barra de un salto ágil, el polvo se levantó a su alrededor. Fue entonces cuando el silencio sepulcral del patio se rompió. Una sombra imponente se interpuso entre ella y las duchas. Era Begoña, una mujer de treinta y un años con el rostro curtido por la vida carcelaria y el cabello oscuro recogido firmemente en una bandana. A su alrededor, un grupo de reclusas comenzó a cerrar el círculo de forma amenazante.

¡A ver cuántos golpes aguanta esa cara bonita! ¡Dale una paliza!
El grito de una de las instigadoras resonó en el patio, encendiendo la mecha del conflicto. Begoña, con una sonrisa fría que denotaba seguridad, apretó los puños y exclamó con fuerza:
¡Vamos!
Lanzó un puñetazo directo al rostro de Sara con toda la fuerza de su peso. Sin embargo, Sara no era la misma mujer indefensa que había cruzado las puertas de la prisión dos años atrás. Con un movimiento felino, esquivó el impacto directo, sintiendo el aire del golpe rozar su mejilla. Bloqueó el siguiente ataque con su antebrazo izquierdo y, aprovechando la inercia de su oponente, lanzó una patada baja que impactó de lleno en la espinilla de Begoña. Antes de que la agresora pudiera recuperar el equilibrio, Sara la sujetó por el cuello y le propinó un brutal rodillazo en el torso. El impacto seco dejó a Begoña sin respiración, haciéndola caer pesadamente sobre la tierra del patio mientras Sara la observaba con una mirada gélida y triunfante.
”El impacto seco dejó a Begoña sin respiración, haciéndola caer pesadamente sobre la tierra del patio mientras Sara la observaba con una m…