Me encerraron por un crimen ajeno, pero no sabían que regresaría con más fuerza
Anteriormente: Tras ser traicionada por el hombre que amaba y enviada a una prisión de máxima seguridad, Sara descubre que su peor enemiga fue contratada para acabar con ella. Pero la debilidad ya no es una opción.
La verdad tras los muros
El silencio que siguió a la caída de Dolores fue absoluto. Sara no se quedó a celebrar la victoria; simplemente regresó a la barra de dominadas, dejando claro que no buscaba problemas, pero que tampoco los temía. Sin embargo, la verdadera tormenta comenzó esa misma noche, cuando el eco de los cerrojos de las celdas ya se había apagado.
Una de las funcionarias de prisiones, conocida por su frialdad, abrió la celda de Sara en absoluto silencio. Sin mediar palabra, la guió por pasillos subterráneos hasta una oficina de archivo sin ventanas. Al entrar, Sara se tensó al ver a Dolores sentada frente a un escritorio, aplicándose una bolsa de hielo en la mandíbula hinchada. La guardia cerró la puerta por fuera, dejándolas solas.

—No te voy a atacar —dijo Dolores con voz ronca, levantando una mano en señal de tregua—. Hoy me di cuenta de que tu exesposo me mintió. Me dijo que eras una mujer débil que se desmoronaría al primer soplido.
Sara frunció el ceño, manteniendo una postura defensiva. —¿De qué estás hablando, Dolores? ¿Qué tiene que ver Julián en esto?
—Él me pagó, Sara. Una transferencia de cincuenta mil euros a una cuenta en el extranjero para que me asegurara de que sufrieras un "accidente" mortal antes de tu juicio de apelación —confesó Dolores, extendiendo un trozo de papel con los datos bancarios—. Pero yo tengo principios. No mato a mujeres inocentes que saben defenderse con honor.
La revelación golpeó a Sara con más fuerza que cualquier puñetazo. Julián no solo la había incriminado para apoderarse de su empresa de transportes; ahora quería verla muerta. Pero las palabras de Dolores no terminaron ahí.
—Hay algo peor —añadió la reclusa pelirroja—. Julián ha comprado tres billetes de avión para este viernes. Se va a Brasil con tu hermana menor, Lucía, y se llevan a tu hijo de cuatro años. Si no sales de aquí en cuarenta y ocho horas, nunca volverás a ver a tu hijo.
El pánico y la desesperación encendieron una llama de fuego puro en el pecho de Sara. No podía permitirlo. Tenía que escapar, pero las paredes de hormigón de Soto del Real parecían insalvables.
”Tenía que escapar, pero las paredes de hormigón de Soto del Real parecían insalvables.