Me traicionaron para heredar mi fortuna, pero en prisión encontré una inesperada aliada
El patio de los lobos
El sol de la tarde caía implacable sobre el patio de cemento de la prisión de alta seguridad de Cruz del Sur. Para Claudia, cada día en ese lugar era un ejercicio de supervivencia silenciosa. No pertenecía a ese mundo de rejas y violencia; su único error había sido confiar en las personas equivocadas. Con la mirada baja y los brazos cansados, Claudia cargaba una pesada pila de toallas blancas recién lavadas, intentando cruzar el patio sin llamar la atención de las reclusas más peligrosas.
Sin embargo, en un lugar gobernado por el miedo, la debilidad es una presa fácil. Begoña, una reclusa robusta y de mirada despiadada que controlaba el pabellón B, vio la oportunidad perfecta para imponer su autoridad. Con una sonrisa cargada de malicia, estiró el pie justo cuando Claudia pasaba a su lado. El tropiezo fue inevitable. Claudia salió proyectada hacia adelante, cayendo pesadamente sobre el áspero pavimento. Las toallas limpias volaron por el aire y quedaron esparcidas sobre el suelo polvoriento.

El dolor en sus rodillas y manos raspadas no era nada comparado con la humillación de escuchar las burlas de Begoña y sus cómplices. Pero antes de que la situación pasara a mayores, una silueta imponente se interpuso entre Claudia y sus agresoras. Era Maia, una reclusa conocida por su absoluto aislamiento y su imponente físico. Con el cabello oscuro recogido en trenzas perfectas, Maia miró fijamente a Begoña.
"Mira por dónde vas. Ella no se cruzó en tu camino. Lo hiciste a propósito", siseó Maia con una voz que heló el ambiente.
Begoña, enfurecida por el desafío, hizo una seña a una reclusa rubia que la acompañaba. Ambas se abalanzaron sobre Maia con los puños en alto. Lo que siguió fue una demostración asombrosa de agilidad y destreza. Con movimientos fluidos de artes marciales, Maia esquivó los golpes, derribó a la reclusa rubia con un barrido preciso y proyectó a Begoña contra el suelo con una fuerza implacable. Ambas agresoras quedaron tendidas, gimiendo de dolor. Maia se giró lentamente hacia ellas con desprecio.
"Métete con alguien de tu tamaño", sentenció con frialdad antes de alejarse, dejando al patio entero en un silencio sepulcral.
”Maia se giró lentamente hacia ellas con desprecio."Métete con alguien de tu tamaño", sentenció con frialdad antes de alejarse, dejando al…