Un grupo de rudos moteros arriesga su vida para salvar a una joven perseguida
El refugio de la tormenta
La tormenta azotaba las carreteras de Castilla con una violencia inusitada, convirtiendo la noche en una cortina impenetrable de agua y viento. En el interior de aquel café de carretera de estética retro, las luces de neón parpadeaban débilmente, proyectando sombras alargadas sobre el suelo ajedrezado. El olor a café cargado y a gasolina flotaba en el ambiente, mezclándose con la tensión silenciosa de los pocos clientes que se resguardaban allí.
Lucía entró corriendo, empujando la pesada puerta de cristal. Luvia y frío calaban su camisa rosa descolorida, ahora completamente empapada y pegada a su piel. Su respiración era agitada, y sus ojos reflejaban el pánico absoluto de quien se sabe perseguido. Miró desesperadamente a su alrededor, buscando una salida o una salvación. Al fondo, junto al mostrador, un grupo de hombres corpulentos conversaba en voz baja.

Entre ellos destacaba Jairo, un motero calvo y de musculatura imponente, cuya barba canosa y mirada severa imponían respeto a cualquiera. Lucía, sin otra opción, caminó rápidamente hacia él. Con manos temblorosas, le dio unos suaves golpecitos en la espalda.
Eh, señor...
Jairo se giró lentamente, sosteniendo su taza de café. Al ver a la joven temblar de frío y terror, su expresión dura se suavizó apenas un milisegundo antes de volver a tensarse.
¿Qué pasa, chaval?
Lucía no pudo articular palabra, pero con un leve movimiento de cabeza señaló hacia la puerta acristalada del bar, donde los faros de un vehículo negro acababan de apagarse.
Mira atrás.
Jairo desvió la mirada hacia la entrada, donde tres figuras oscuras se bajaban del coche. Una mueca de desprecio cruzó su rostro.
Bien. Quédate cerca.
El gigante de cuero se puso en pie, liderando el camino por el pasillo central del café. A su espalda, Hugo y los demás moteros se levantaron al unísono, formando un muro humano infranqueable.
Que nadie la toque.
Lo sabemos.
La confrontación era inminente, y el aire en el café parecía haber perdido todo el oxígeno.
”A su espalda, Hugo y los demás moteros se levantaron al unísono, formando un muro humano infranqueable.Que nadie la toque.Lo sabemos.La c…