Tuve que desafiar a la reclusa más peligrosa para salvar a una inocente
El calor en el patio del penal de San José era insoportable. El sol de mediodía caía como un mazo sobre el cemento agrietado, donde las reclusas caminaban en círculos buscando un soplo de viento que nunca llegaba. Cerca de una canasta de baloncesto oxidada, cuyas redes de cadena tintineaban con una brisa perezosa, Claudia intentaba pasar desapercibida. Era una joven delgada, de cabello rubio y ojos asustados, que claramente no estaba hecha para la dureza de aquel lugar.
A pocos metros, Begoña, una reclusa robusta de cabello pelirrojo y mirada fría, la observaba como un depredador a su presa. Begoña controlaba el patio con puño de hierro y la complicidad de algunos guardias. Con paso lento pero firme, se dirigió directamente hacia la joven nueva. No hubo desvío ni duda. Con un movimiento deliberado y violento, Begoña golpeó con su hombro el cuerpo de Claudia, enviándola directamente al suelo.

El impacto seco resonó en el patio. Claudia cayó pesadamente, raspándose las manos contra el áspero cemento. Un murmullo corrió entre las reclusas, que rápidamente retrocedieron para no verse involucradas. Begoña se plantó sobre ella, con una sonrisa cruel dibujada en el rostro.
Mira por dónde vas la próxima vez.
La humillación era evidente, y nadie parecía dispuesto a intervenir. Fue entonces cuando Sara, una mujer de complexión atlética y cabello oscuro, dio un paso al frente. No podía quedarse de brazos cruzados ante semejante injusticia. Se interpuso entre la agresora y la víctima, sosteniendo la mirada desafiante de la temida reclusa.
No se cruzó en tu camino.
Begoña frunció el ceño, sorprendida por la audacia de Sara. El silencio en el patio se volvió sepulcral. Sara no se amedrentó y dio un paso más, sellando su destino en aquella prisión.
Lo hiciste a propósito.
”Sara no se amedrentó y dio un paso más, sellando su destino en aquella prisión.Lo hiciste a propósito.