Traición · Historia

Una policía arriesga su carrera para protegerme del monstruo que juró amarme

Una policía arriesga su carrera para protegerme del monstruo que juró amarme — Parte 1
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El santuario profanado

El silencio de la planta de traumatología del Hospital Universitario de Madrid solo se veía interrumpido por el rítmico pitido de los monitores médicos. En la habitación 412, la luz del atardecer madrileño se filtraba a través de las persianas, iluminando un pequeño banderín de España que descansaba sobre la mesa de noche. Sobre la cama, Claudia intentaba contener las lágrimas. Con un collarín cervical que limitaba dolorosamente sus movimientos, la joven sentía que el peso de la traición era mucho más difícil de soportar que sus heridas físicas.

A su lado, la capitana Sara, una experimentada oficial de la Policía Nacional de cabello rubio sucio, sostenía su mano con firmeza. El uniforme azul marino de Sara infundía un respeto inmediato, pero en sus ojos solo había una profunda compasión. En la puerta, un agente del Grupo Especial de Operaciones (GEO) custodiaba el acceso, garantizando una seguridad que parecía inquebrantable. Sin embargo, la aparente calma se hizo añicos en un segundo de pura violencia.

Una policía arriesga su carrera para protegerme del monstruo que juró amarme
«¡No vas a salir viva de esta, Claudia!», resonó un grito salvaje desde el pasillo.

Antes de que el agente del GEO pudiera reaccionar por completo, un hombre de aspecto desaliñado, pelo rapado y camiseta gris oscura irrumpió en la habitación. Era Marcos. Sus ojos desorbitados reflejaban una locura homicida mientras esquivaba el agarre del oficial y se abalanzaba directamente sobre la cama de Claudia. Con un rugido de rabia, Marcos extendió sus manos y aferró con fuerza el cabello pelirrojo de la joven, tirando de ella sin importar el daño que causaba a su lesionado cuello.

La reacción de la capitana Sara fue instantánea y letalmente precisa. Interponiéndose como un escudo humano, Sara descargó una rápida combinación de puñetazos sobre el rostro de Marcos, seguidos de una patada devastadora en el pecho que lo obligó a soltar a su víctima. El impacto empujó al agresor de vuelta al pasillo, donde el agente del GEO finalmente pudo reducirlo contra el suelo. En el interior, Claudia se encogió sobre las sábanas, sollozando incontrolablemente mientras el violento forcejeo continuaba en el exterior.

En el interior, Claudia se encogió sobre las sábanas, sollozando incontrolablemente mientras el violento forcejeo continuaba en el exterior.