Una reclusa arriesga su libertad para proteger a una anciana indefensa en prisión
Anteriormente: Sara solo quería cumplir su condena en paz, pero cuando la despiadada Dolores atacó a la vulnerable Marta en el patio, el instinto de justicia de Sara desató una guerra inevitable tras los muros.
La venganza nocturna
El incidente del patio no quedó en el olvido. Aunque los guardias disolvieron la pelea antes de que se convirtiera en un motín, el orden establecido dentro de las paredes de Soto del Real se había quebrado. Sara sabía que Dolores no aceptaría la humillación pública de haber sido derribada por una reclusa nueva. El peligro no vendría a la luz del día, sino en la densa oscuridad de la noche, cuando las sombras gobiernan los pasillos.
Esa misma madrugada, el chirrido metálico de la puerta de su celda despertó a Sara de golpe. No era el recuento oficial. Tres siluetas silenciosas se deslizaron hacia su litera. Antes de que pudiera gritar, una mano áspera y con olor a tabaco barato presionó su boca con fuerza, mientras un pinchazo metálico en su cuello le advertía que cualquier movimiento en falso sería el último. Era Dolores, acompañada por dos guardias corruptos que miraban hacia otro lado a cambio de un fajo de billetes.

Arrastrada por la fuerza hasta las duchas del pabellón B, un lugar húmedo y apartado donde el agua estancada ahogaba los lamentos, Sara fue atada a una tubería de hierro. Dolores se plantó frente a ella, con una sonrisa sádica y un estilete de fabricación casera en la mano.
—¿Te creías muy valiente protegiendo a esa vieja? —siseó Dolores, acercando la hoja a la mejilla de Sara—. No tienes idea de dónde te has metido, niñata. Esa maldita anciana no es la víctima que tú crees.
Bajo la fría luz de los fluorescentes parpadeantes, Dolores reveló una verdad que descolocó por completo a Sara. Marta no era una simple reclusa vulnerable; en su juventud, había sido la contable de una de las bandas de contrabando más peligrosas del país, la misma que lideraba el hermano de Dolores. Marta había desaparecido con una fortuna de tres millones de euros, y Dolores había pasado años buscándola para cobrarse la deuda familiar.
—Ella robó a mi familia y se escondió bajo esa fachada de abuela desvalida —escupió Dolores—. Y ahora que la tengo cerca, tú te interpones. Vas a pagar su deuda con tu propia sangre si no me dices dónde escondió el dinero.
Sara, con el corazón desbocado, comprendió que estaba atrapada en medio de una guerra de mafias del pasado, y que su vida dependía de una información que ella misma desconocía por completo.
”Vas a pagar su deuda con tu propia sangre si no me dices dónde escondió el dinero.Sara, con el corazón desbocado, comprendió que estaba a…