Unos rudos moteros me protegieron del hombre más peligroso de mi pasado
Una noche de tormenta implacable en la carretera nacional N-VI. La lluvia golpeaba con furia los cristales de la vieja cafetería "La Parada", un local retro iluminado por neones parpadeantes y bombillas cálidas que colgaban del techo. En su interior, el ambiente era pesado, cargado de olor a café y cuero mojado.
Lucía entró empapada, con su jersey rosa pegado al cuerpo por el agua y temblando no solo de frío, sino de un terror absoluto que le atenazaba el pecho. Su coche se había averiado a pocos metros de allí, pero lo peor era que su perseguidor estaba pisándole los talones de manera implacable.

Desesperada, recorrió el pasillo con la mirada hasta que sus ojos se posaron en la barra del local. Allí, un grupo de moteros corpulentos descansaba en silencio. Eran hombres de aspecto rudo, vestidos con chalecos de cuero y cubiertos de tatuajes. Con paso vacilante, Lucía se acercó al líder, un hombre calvo, de hombros increíblemente anchos y una tupida barba canosa que respondía al nombre de Jairo. Con mano temblorosa, le dio unos suaves golpecitos en la espalda.
—Eh, señor... —susurró Lucía, con un hilo de voz que apenas lograba competir con el estruendo de los truenos exteriores.
Jairo se giró lentamente sobre su taburete de la barra. Su rostro, surcado por las cicatrices del tiempo, mostraba una expresión severa, pero sus ojos oscuros denotaban una profunda inteligencia.
—¿Qué pasa, chaval? —preguntó con una voz grave que resonó en el rincón.
En ese instante, unos faros potentes y cegadores cortaron la oscuridad exterior, reflejándose en los cristales empañados de la puerta de entrada. Un todoterreno negro se detuvo bruscamente en el aparcamiento.
—Mira atrás —dijo ella, señalando con la mirada hacia la entrada, con el pánico reflejado en sus pupilas.
Jairo desvió la mirada hacia los cristales azotados por la lluvia. Al ver a los tres hombres de traje oscuro descender del vehículo, su expresión se endureció al instante. Comprendió la situación de inmediato.
—Bien. Quédate cerca —le ordenó Jairo con un tono tranquilizador pero firme.
El gigante se puso de pie, liderando el camino por el pasillo de baldosas de ajedrez del local. A su espalda, Hugo y los demás moteros se levantaron al unísono como una muralla infranqueable.
—Que nadie la toque —sentenció Jairo con autoridad.
—Lo sabemos —respondió Hugo, apretando los puños.
”A su espalda, Hugo y los demás moteros se levantaron al unísono como una muralla infranqueable.—Que nadie la toque —sentenció Jairo con a…