Secretos de familia · Ficción breve

La marca de mi pasado me condenó, pero un viejo motero decidió salvarme

La marca de mi pasado me condenó, pero un viejo motero decidió salvarme — Parte 1
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El encuentro en la carretera

La tormenta golpeaba con fuerza los cristales de la vieja cafetería de carretera, un rincón olvidado en una ruta secundaria de Castilla. El aire dentro del local estaba cargado de humedad, humo de tabaco rancio y el persistente olor a café quemado. Helena, una joven de veintidós años con el rostro pálido y el cabello castaño recogido en una coleta desaliñada, caminaba por el pasillo entre los gastados reservados de cuero marrón. Su mirada reflejaba el cansancio de quien lleva días huyendo, durmiendo en el coche y mirando constantemente por el espejo retrovisor.

Llevaba una sudadera gris holgada, una prenda que le servía de escudo contra el frío y contra las miradas indiscretas. Sin embargo, al pasar junto a una mesa ocupada por un grupo de hombres corpulentos, la manga de su sudadera se enganchó en la esquina astillada de una mesa de madera. Con un leve tirón, la tela se rasgó y se deslizó hacia arriba, dejando al descubierto la piel de su antebrazo derecho. Allí, grabado con tinta negra y sombreados perfectos, destacaba un tatuaje inconfundible: una calavera alada.

La marca de mi pasado me condenó, pero un viejo motero decidió salvarme

Borja, un motero de barba espesa y una bandana roja atada a la cabeza, detuvo su vaso de whisky a mitad de camino hacia su boca. Sus ojos se abrieron con una mezcla de asombro y temor al reconocer la marca. No era un diseño cualquiera; era el emblema de la cúpula de una peligrosa organización que muchos creían extinta.

—No puede ser… Ella es la hija del fundador —susurró Borja, levantándose a medias de su asiento.

Al escuchar aquellas palabras, Colt, un hombre imponente, calvo y de mirada severa, que vestía un chaleco de cuero desgastado, se puso en pie de inmediato. Su presencia dominaba la sala. Con pasos lentos pero decididos, se acercó a Helena, que temblaba de miedo. En lugar de atacarla, Colt se agachó protectoramente a su lado, colocó una mano firme sobre su hombro y barrió la sala con una mirada desafiante.

—Que nadie se mueva. Elia viene conmigo —bramó Colt, usando el verdadero nombre de la joven—. A la puerta, ahora —le susurró con urgencia, empujándola suavemente hacia la salida.

A la puerta, ahora —le susurró con urgencia, empujándola suavemente hacia la salida.