La alianza oculta tras las rejas que cambió mi destino para siempre
El infierno de la lavandería
El aire en la lavandería de la prisión de Cruz del Sur siempre estaba cargado de vapor caliente y del olor penetrante del cloro industrial. Para Lina, cada día en ese lugar era una prueba de supervivencia. Aquella tarde, cargaba una pila de toallas limpias con los brazos temblorosos, intentando pasar desapercibida entre las enormes lavadoras que vibraban con fuerza. Sin embargo, en un lugar donde la debilidad se huele a distancia, la discreción rara vez era suficiente.
De repente, una bota pesada se interpuso en su camino. Amparo, una de las reclusas más conflictivas y corpulentas del pabellón, la miraba con una mueca de desprecio. Lina tropezó y cayó pesadamente sobre el cemento frío. Las toallas impecables terminaron esparcidas por el suelo mugriento. Antes de que pudiera incorporarse, Amparo vació una caja entera de detergente químico sobre su cabeza, desatando las risas burlonas de sus secuaces.

«A ver si así te limpias esa cara de mosquita muerta, Lina», siseó Amparo mientras el polvo blanco cubría por completo a la indefensa mujer.
Lina tosía desesperadamente, con los ojos irritados por el químico, sintiendo que la humillación la asfixiaba más que el propio polvo. Nadie en la sala se atrevía a intervenir; las reclusas miraban hacia otro lado, conscientes de las consecuencias de desafiar a Amparo. Pero la impunidad de la agresora estaba a punto de terminar.
Desde el final del pasillo, unos pasos firmes capturaron la atención de todos. Nina, una reclusa respetada por su fuerza y su implacable sentido de la justicia, avanzaba con paso decidido. Su mirada estaba fija en Amparo, quien al notar su presencia intentó reaccionar lanzando un puñetazo salvaje. Con una agilidad asombrosa, Nina bloqueó el ataque, atrapó el brazo de Amparo y le propinó un certero y devastador rodillazo en el abdomen que la dejó de rodillas, sin aire. Nina se erigió imponente sobre ella, demostrando quién mandaba realmente en ese pabellón.
”Nina se erigió imponente sobre ella, demostrando quién mandaba realmente en ese pabellón.