Aquellos motoristas que me acorralaron en la tormenta terminaron salvándome de mi propio pasado
Anteriormente: Clara huía de un matrimonio forzado bajo la fría lluvia. Cuando un grupo de duros motoristas la acorraló en un parking solitario, pensó que todo había terminado, pero su pesadilla apenas comenzaba.
Los guardaespaldas de Mateo, al ver que la situación se complicaba y que los motoristas superaban en número a su jefe, decidieron no intervenir. En ese momento, el ulular lejano de las sirenas policiales comenzó a resonar en las calles colindantes, acercándose rápidamente al viejo colegio. Álex sonrió con frialdad al ver la desesperación pintada en el rostro de Mateo.
Una nueva hermandad y justicia
—No solo tenemos el reloj, Mateo. La policía ya tiene en su poder el registro de todas tus cuentas en el extranjero y las pruebas de la manipulación de los frenos del coche de Julián —declaró Álex con firmeza—. Esta vez no podrás comprar tu libertad con dinero robado.

Desesperado, Mateo arrojó la barra de metal al suelo e intentó subir a su coche para escapar, pero dos de los motoristas le cerraron el paso con sus pesadas máquinas. Segundos después, tres patrullas de la Policía Nacional entraron en el recinto con las luces de emergencia destellando en azul contra las paredes de ladrillo gris. Los agentes redujeron a Mateo y a sus cómplices en un abrir y cerrar de ojos, colocándoles las esposas bajo la persistente lluvia.
Cuando la calma volvió al aparcamiento, Álex se acercó a Clara, que aún temblaba, pero esta vez de alivio. Con una delicadeza que contrastaba con su ruda apariencia, colocó el reloj de bolsillo de su padre en las manos de la joven y la cubrió con su propia chaqueta marrón.
"Tu padre era un gran hombre, Clara. Nunca pudimos salvarlo a él, pero prometimos que cuidaríamos de ti si alguna vez nos necesitabas. Ya no tienes que huir más", le susurró Álex con ternura paternal.
Clara miró el reloj y luego a los hombres que la rodeaban. Comprendió que, en el día más oscuro de su vida, cuando pensó que estaba completamente sola y acorralada, el destino le había devuelto la esperanza y una nueva familia dispuesta a protegerla. A veces, los verdaderos ángeles de la guarda no visten de blanco, sino que viajan sobre dos ruedas y visten cuero gastado.


