Atada al frío por sus propios compañeros, una cabo descubre la verdad más dolorosa
Anteriormente: Tras ser humillada y abandonada en un bosque nevado por sus propios compañeros de la Guardia Civil, la cabo Lucía descubre que la traición corre más profundo de lo que jamás imaginó.
Cuando el sonido del motor de la patrulla se desvaneció en la distancia, el silencio del bosque cayó sobre Lucía como una losa. Sabía que el tiempo jugaba en su contra; la hipotermia no tardaría en reclamar su cuerpo si no actuaba rápido. Con los dedos entumecidos y la respiración entrecortada, comenzó a frotar desesperadamente las cuerdas contra la hebilla metálica de su cinturón de servicio, el único recurso que le quedaba.
La soga de la traición
La lucha fue agónica. La soga áspera le desgarró la piel de las muñecas, pero el dolor no era nada comparado con el fuego de la indignación que ardía en su interior. Tras lo que parecieron horas de esfuerzo sobrehumano, la soga cedió. Lucía cayó sobre la nieve, exhausta y temblando incontrolablemente. Arrastrando los pies, logró llegar a una carretera secundaria donde la fortuna le sonrió en forma de un camión de reparto que la trasladó de urgencia al hospital comarcal.

Una vez a salvo y bajo mantas térmicas, la prioridad de Lucía era alertar a las autoridades externas. Decidió llamar a Javier, su prometido y teniente en la comandancia central, el hombre con el que planeaba casarse en verano. Él era su faro de esperanza en medio de aquella pesadilla. Le relató atropelladamente lo sucedido, suplicándole que fuera a buscarla.
Sin embargo, la verdadera pesadilla estaba a punto de comenzar. Cuando la puerta de la habitación del hospital se abrió, Javier entró con el rostro sombrío, pero no venía solo. Detrás de él, con paso firme y una sonrisa gélida, apareció el capitán Mateo. Lucía sintió que el aire se escapaba de sus pulmones al ver a su prometido sacar un par de esposas reglamentarias.
—Lo siento, Lucía, pero tus fantasías han ido demasiado lejos —declaró Javier con frialdad—. Quedas arrestada por obstrucción a la justicia y desvío de fondos.
En ese instante de dolor absoluto, Lucía comprendió la magnitud de la conspiración: el hombre que amaba era el verdadero cabecilla de la red corrupta.
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