El líder de los moteros tembló al oír el nombre del padre de este niño
El santuario de los Lobos
El aire dentro de la guarida de los Lobos del Asfalto estaba denso, cargado del olor a gasolina, tabaco y cuero viejo. En las afueras de Madrid, este almacén olvidado servía de refugio para hombres que habían decidido vivir bajo sus propias reglas. Gabriel, un gigante de barba canosa y mirada impenetrable, sostenía un vaso de cristal grueso con whisky, observando a sus hombres reír y discutir sobre la última ruta por la sierra.
De repente, el estruendo de las pesadas puertas de madera al abrirse de par en par cortó la música y las risas. El viento de la tormenta se coló con violencia, trayendo consigo a una figura inesperada. No era un rival armado, ni un policía descarriado. Era un niño. No tendría más de nueve años, su cabello rubio estaba empapado y su pequeña chaqueta verde goteaba sobre el suelo de hormigón.

El pequeño, temblando de frío y de terror, corrió esquivando las motos aparcadas en el interior. Sus ojos buscaban desesperadamente una salida, hasta que se fijaron en la imponente figura de Gabriel. Sin dudarlo, el niño corrió hacia él y se aferró a su chaleco de cuero con desesperación.
—Por favor, señor, ayúdeme —suplicó el pequeño con la voz rota—. Mi padre dijo que, si alguna vez estaba en peligro, debía venir aquí. Me están persiguiendo. Por favor.
Gabriel permaneció inmóvil, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba. Aquella inocencia no pertenecía a su mundo de sombras. Con una mezcla de sospecha y curiosidad, bajó la mirada y clavó sus ojos oscuros en el rostro del niño.
—¿Cómo se llama tu padre, chaval? —preguntó Gabriel, intentando mantener su tono firme y autoritario.
El niño tragó saliva, mientras las lágrimas limpiaban dos surcos en sus mejillas sucias de barro y hollín. Su respuesta fue apenas un susurro, pero resonó como un trueno en el almacén silencioso.
—Juan Vega.
El vaso de cristal se resbaló de los dedos de Gabriel, impactando contra el suelo y estallando en mil pedazos. El whisky se mezcló con los fragmentos brillantes mientras el líder de los moteros daba un paso atrás, con los ojos desorbitados.
—¡Eso es imposible! —bramó Gabriel, con la voz quebrada por la incredulidad.
”—bramó Gabriel, con la voz quebrada por la incredulidad.