El misterio de la cicatriz real que el rey creía enterrada para siempre
El destino en la arena de sangre
El sol de justicia caía plomizo sobre las piedras milenarias del coliseo, donde miles de voces clamaban por sangre. En el centro de la pista, la arena dorada ardía bajo los pies descalzos de Silas. El joven apenas podía sostener la vieja espada de hierro que le habían entregado los guardias. A unos metros de él, Rufio, el heraldo de la corona, lucía sus imponentes ropajes de azul cobalto con bordados dorados, agitando los brazos para enardecer a la masa hambrienta de espectáculo.
¡Quien mate a la bestia recibirá un kilo del oro del rey!
Las palabras de Rufio desataron la locura en las gradas. Acto seguido, con un chirrido metálico que helaba la sangre, las pesadas compuertas de los calabozos inferiores comenzaron a elevarse. De la penumbra surgió una mole de piedra gris, una criatura de pesadilla cuyos ojos brillaban como brasas encendidas. La bestia soltó un rugido ensordecedor que hizo vibrar el aire y, sin dudarlo, cargó directamente hacia Silas en una veloz carrera que levantaba nubes de polvo asfixiante.

Sabiendo que no tenía escapatoria, Silas tomó una decisión desesperada. Dejó caer la espada y, con mano temblorosa pero firme, desgarró el cuello de su gastada camisa. La tela cedió, revelando a plena luz del día una oscura y profunda cicatriz dentada que subía por su garganta, una marca que parecía el grabado de un rayo sobre su piel.
En lo alto del palco real, el rey Carlos, un hombre de mirada cansada, barba canosa y ceñido por una sobria corona de hierro, se puso en pie de un salto. Su copa de vino cayó al suelo, derramando el líquido rojo como la sangre mientras sus ojos se clavaban en el cuello del muchacho.
Esa marca murió con mi hijo...
El susurro del monarca, cargado de un dolor antiguo y un asombro indescriptible, pareció congelar el viento en la arena.
”Su copa de vino cayó al suelo, derramando el líquido rojo como la sangre mientras sus ojos se clavaban en el cuello del muchacho.Esa marc…