Traición · Ficción breve

El oficial corrupto intentó destruirme en prisión, pero no sabía mi verdadero secreto

El oficial corrupto intentó destruirme en prisión, pero no sabía mi verdadero secreto — Parte 1
Imagen del vídeo original

La tensión en el patio

El sol de la tarde caía implacable sobre el patio de cemento de la prisión de Soto del Real. El aire estaba cargado de polvo, sudor y una tensión tan espesa que casi se podía cortar con un cuchillo. Apoyada contra la valla metálica de doble torsión, Aina observaba el horizonte recortado por concertinas. Llevaba el pelo caoba recogido en un moño desordenado y sus brazos, cubiertos de tatuajes que contaban la historia de una vida que ya no le pertenecía, descansaban sobre su regazo. Vestía un sencillo chándal gris de la prisión, pero su postura no era la de una mujer derrotada.

De repente, una sombra familiar eclipsó la poca luz que le llegaba. Era el oficial Herrera, un guardia robusto y de mirada turbia que llevaba meses haciéndole la vida imposible. A su lado, como un perro de presa esperando la orden, se encontraba Dolores, una de las reclusas más conflictivas y corpulentas del módulo de mujeres. Herrera dio un paso al frente, con la mano apoyada en la defensa reglamentaria.

El oficial corrupto intentó destruirme en prisión, pero no sabía mi verdadero secreto
—Quítatelos. Ahora —ladró Herrera, señalando los dos sencillos anillos de plata que Aina llevaba en la mano izquierda, los únicos recuerdos que le quedaban de su madre.

Aina no se movió. Sostuvo la mirada del oficial con una calma gélida que pareció enfurecerlo aún más. Sabía que aquello no era una simple requisa; era una provocación barata, un intento deliberado de quebrantar su espíritu bajo las órdenes de alguien de fuera.

—Venga, inténtalo —desafió Herrera con una sonrisa de suficiencia, acortando la distancia entre ambos de manera amenazante.

El guardia se abalanzó sobre ella, pero Aina fue más rápida. Con un movimiento felino aprendido en sus años de entrenamiento de defensa personal, esquivó el golpe y lanzó un puñetazo seco y preciso directo a la mandíbula de Herrera. El oficial cayó al suelo, aturdido por el impacto.

El patio estalló. Desde el fondo, una de las secuaces de Dolores gritó con desesperación:

—¡Bájale la cabeza! ¡Vamos, Dolores!

Dolores cargó con todo su peso, intentando atrapar a Aina por los hombros. Sin inmutarse, Aina giró sobre sus talones y le propinó un rodillazo fulminante en el plexo solar. Dolores cayó de rodillas, jadeando en busca de aire, mientras Aina permanecía de pie, completamente serena y dueña de la situación.

Dolores cayó de rodillas, jadeando en busca de aire, mientras Aina permanecía de pie, completamente serena y dueña de la situación.