Traición · Historia

El regreso de la capitana traicionada que expuso las cicatrices de su dolor

El regreso de la capitana traicionada que expuso las cicatrices de su dolor — Parte 1
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El regreso de las sombras

El gran salón de baile de la mansión Aldama resplandecía bajo la luz de inmensas lámparas de cristal de Bohemia. Los suelos de mármol pulido reflejaban la opulencia de una noche destinada a celebrar el poder de Ricardo Aldama, el magnate más influyente de la alta sociedad. Entre la multitud de invitados vestidos de etiqueta, una figura avanzaba en silencio, rompiendo la armonía de la hipocresía flotante. Era Elena Serrano.

Elena, con el cabello rubio recogido en un moño impecable, caminó con paso firme hasta el centro de la pista de baile. Su blusa de satén blanco, elegante pero sencilla, contrastaba con los excesivos vestidos de las damas presentes. Sin pronunciar palabra, Elena se dio la vuelta, dando la espalda a su padrastro Ricardo, y comenzó a desabotonar lentamente la prenda. Al caer el tejido, el silencio se apoderó de la estancia.

Una intrincada y oscura red de cicatrices de sutura cruzaba su espalda de hombro a hombro, el mudo testimonio de una explosión en una misión militar de la que nunca debió sobrevivir. Clara, una de las mujeres más influyentes del círculo de Ricardo, dio un paso adelante señalándola con el dedo índice tembloroso.

—Mira, es un cuerpo lleno de cicatrices —exclamó Clara, con un hilo de voz que destilaba desprecio y espanto.

Ricardo Aldama dio un paso atrás, con el rostro desencajado y la respiración entrecortada. El pánico se apoderó de él al reconocer a la hijastra que había dado por muerta hacía cinco años.

—¡Guardias, sáquenla de aquí inmediatamente! ¡Llévense a esta demente! —gritó con desesperación.

Pero antes de que la seguridad pudiera intervenir, las monumentas puertas dobles se abrieron de par en par. El capitán Arturo, un imponente oficial del ejército con uniforme de gala azul y oro, avanzó con paso firme. Deteniéndose ante Elena, se cuadró y realizó un saludo militar perfecto.

—Capitana Serrano, bienvenida a casa —pronunció Arturo, con una voz que silenció cualquier murmullo en el salón.

Deteniéndose ante Elena, se cuadró y realizó un saludo militar perfecto.—Capitana Serrano, bienvenida a casa —pronunció Arturo, con una v…