Un arrogante instructor la humilló sin saber que ella ocultaba un pasado legendario
El desafío en el cañón de Almería
El sol de justicia de Almería caía plomizo sobre el campo de tiro privado de Martín. El cañón polvoriento, rodeado de paredes de roca arcillosa, parecía el escenario de un duelo del viejo oeste, pero con tecnología militar moderna. Martín, un instructor táctico calvo y de complexión robusta, observaba a Sara con una mezcla de aburrimiento y superioridad. Para él, aquella mujer vestida con una holgada sudadera azul marino no era más que una intrusa en su territorio de hombres duros.
Con un gesto brusco, Martín señaló el estuche rígido que descansaba sobre la mesa de madera. En su interior reposaba un rifle de cerrojo de calibre pesado, un arma diseñada para profesionales. Su voz resonó en el cañón con un tono desafiante:

«Siete disparos. Demuestra que mereces estar en esta línea de tiro».
Sara no respondió. Sus ojos oscuros permanecieron fijos en el arma. Con movimientos lentos y pausados, que denotaban una familiaridad casi íntima con el metal, levantó el fusil. Martín, buscando desestabilizarla, soltó una última advertencia condescendiente ante la mirada de sus alumnos:
«Cuidado, ese rifle tiene más retroceso de lo que parece. Apunta al centro del blanco, si consigues encontrarlo».
Sara ignoró la provocación. Apoyó la culata en su hombro, contuvo la respiración y apretó el gatillo. El estruendo sacudió las rocas. A lo lejos, el proyectil atravesó el centro exacto de la diana de papel y, en la misma milésima de segundo, golpeó una campana metálica oculta detrás. Un doble impacto imposible con una sola bala. La mandíbula de Martín cayó. Su rostro se tornó pálido mientras exclamaba:
«¿Ha acertado en los dos?».
Detrás de él, Tomás, un veterano de gafas oscuras, dio un paso atrás murmurando una sola palabra llena de asombro: «Imposible». Con total parsimonia, Sara accionó el cerrojo, expulsando el casquillo humeante, e introdujo una nueva bala en la recámara. Miró fijamente al instructor y sentenció:
«Me diste siete disparos».
”Miró fijamente al instructor y sentenció:«Me diste siete disparos».