Un arrogante instructor la humilló sin saber que ella ocultaba un pasado legendario
Anteriormente: Martín pensó que Sara era una aficionada indefensa en su línea de tiro. Sin embargo, un solo disparo bastó para desenterrar un pasado militar que todos daban por muerto.
Secretos bajo la arena
La tensión en la línea de tiro se volvió asfixiante. Martín dio un paso atrás, con la mano derecha flotando peligrosamente cerca de la funda de su pistola táctica. Aquel disparo no había sido una casualidad; era la firma de una leyenda que el Ministerio de Defensa había intentado borrar de los registros oficiales tres años atrás. Martín reconoció la técnica de inmediato. Aquella mujer era la agente especial Sara, la mejor tiradora de la unidad de élite, a quien todos creían muerta en una operación fallida en el extranjero.
Antes de que Martín pudiera reaccionar, Tomás, el hombre mayor con gafas, sacó un arma de su chaleco. Sin embargo, en lugar de apuntar a Sara, desvió su cañón y encañonó directamente la cabeza de Martín. Los demás alumnos, confundidos y aterrorizados, retrocedieron buscando cobertura tras los todoterrenos.

«Ni se te ocurra mover un dedo, Martín. Baja la mano de la cartuchera ahora mismo», ordenó Tomás con una voz fría y firme que no admitía réplicas.
Sara no se sorprendió. Sabía que Tomás, un antiguo coronel retirado y viejo amigo de su padre, no la traicionaría. Habían planeado aquella emboscada para acorralar al instructor. Sara avanzó con el rifle apuntando al pecho de Martín, su mirada cargada de una furia contenida.
«Sé que tú ayudaste a secuestrar a mi hermano Lucas», siseó Sara, colocándose a escasos centímetros del instructor. «Tu red de mercenarios lo tiene retenido. Dime dónde está o el próximo disparo no será para una campana de metal».
Martín, sintiendo el frío acero del cañón de Tomás en su nuca y la mirada letal de Sara, tragó saliva con dificultad. Su arrogancia se había evaporado por completo. Sabía que estaba ante un fantasma que no tenía nada que perder.
«Está en las viejas minas de oro de Rodalquilar», balbuceó Martín, temblando bajo el sol abrasador. «Pero vais tarde. Sus hombres planean trasladarlo al puerto esta misma noche. No saldréis vivos de allí».
”Sus hombres planean trasladarlo al puerto esta misma noche. No saldréis vivos de allí».