Venganza · Ficción breve

La traición que destrozó mi vida y la noche en que decidí cobrarme la deuda

La traición que destrozó mi vida y la noche en que decidí cobrarme la deuda — Parte 1
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El rugido de la traición

El suelo de damero del viejo bar de carretera reflejaba la luz parpadeante de los neones exteriores. Era una noche tormentosa en la estepa castellana, de esas en las que el viento silba con rabia entre los pinos. En el interior del local, el ambiente estaba cargado de olor a café cargado, gasolina y cuero húmedo. Lucía caminó por el pasillo central, ignorando las miradas curiosas de los pocos camioneros que cenaban a esas horas. Llevaba una sudadera rosa con la capucha puesta, pero su rostro no reflejaba debilidad, sino una determinación fría y peligrosa.

Al final del pasillo, en uno de los reservados de cuero granate, se encontraba Martín. Su hermano mayor, un hombre de hombros anchos, barba canosa y el chaleco de los "Centauros" bien ceñido, la observaba aproximarse con una mezcla de preocupación y respeto. Sabía que si su hermana pequeña aparecía en ese lugar a tales horas, algo terrible había ocurrido.

La traición que destrozó mi vida y la noche en que decidí cobrarme la deuda

Lucía se detuvo frente a él. Martín se levantó lentamente, imponiéndose con su estatura. Sin mediar palabra, ambos se acercaron hasta que sus frentes casi se tocaron, compartiendo el mismo aire tenso de la traición que acababa de descubrirse.

—Ya sabes lo que tienes que hacer. Ahora mismo. Sin dudar —susurró Lucía con una voz que temblaba por la rabia contenida.

Martín no necesitó detalles. Sabía de lo que era capaz el cobarde de Manuel, el prometido de su hermana. Una chispa de furia salvaje se encendió en sus ojos oscuros. Apretó la mandíbula y emitió un gruñido que resonó en todo el establecimiento.

—Rómpelo —ordenó Martín a sus hombres.

Al instante, la mesa de moteros que custodiaba el reservado se puso en pie al unísono. El arrastrar de las pesadas botas y las sillas de metal sobre las baldosas rompió el silencio del bar. Leo, un joven del pueblo que sostenía una hamburguesa a medio morder cerca del mostrador, contempló la escena con los ojos abiertos de par en par. Tragó saliva con dificultad y murmuró para sí mismo:

—Uf, eso no pinta bien.

Tragó saliva con dificultad y murmuró para sí mismo:—Uf, eso no pinta bien.