Secretos de familia · Historia

El secreto del rey: el esclavo de la arena que llevaba la marca real

El secreto del rey: el esclavo de la arena que llevaba la marca real — Parte 2
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Anteriormente: Cuando Jonás entró al coliseo para enfrentarse a una bestia temible, no buscaba solo oro. Al mostrar su cicatriz, el rey Eduardo descubrió un secreto que cambiaría el reino para siempre.

El rey Eduardo no dudó un segundo más. Con una agilidad que nadie habría atribuido a sus años de vejez, ordenó a la guardia real que descendiera inmediatamente al foso y detuviera el combate. Los soldados, confundidos por una orden tan inusual en medio de los juegos, tardaron unos instantes en reaccionar, lo que obligó al propio monarca a gritar con desesperación desde la barandilla del palco. La bestia, desorientada por el repentino despliegue de lanzas y redes de los guardias que saltaron a la arena, fue sometida a escasos metros de Jonás, quien permaneció inmóvil, con la mirada fija en su padre.

El regreso de las sombras

Cassius, al ver que su plan de deshacerse del joven mendigo fracasaba ante los ojos de toda la corte, palideció bajo su túnica de zafiro. Se apresuró a interponerse entre el rey y Jonás cuando Eduardo llegó finalmente a la arena, escoltado por sus hombres de confianza. El noble intentó convencer al rey de que todo era un engaño de un impostor hambriento de poder.

El secreto del rey: el esclavo de la arena que llevaba la marca real
Majestad, no os dejéis engañar por un truco de circo. El príncipe Alejandro pereció en el incendio del ala norte hace diez años. Este muchacho solo busca vuestra piedad con una marca falsa.

Jonás dio un paso al frente, ignorando las espadas que lo apuntaban. Miró fijamente a Cassius y luego a su padre, con los ojos llenos de una mezcla de dolor y rabia contenida. Recordaba perfectamente la noche del incendio, y sobre todo, recordaba quién había cerrado las puertas desde fuera para asegurarse de que nadie escapara con vida.

El rey Eduardo se acercó lentamente a Jonás, con el rostro surcado por las lágrimas. Extendió una mano temblorosa y tocó la cicatriz en el cuello del joven. No era una imitación; la textura de la piel quemada y la forma exacta de la corona real eran inconfundibles. En ese instante, el monarca comprendió la terrible verdad: su hijo no había muerto por accidente, sino que había sido víctima de una conspiración silenciosa dentro de su propio palacio.

En ese instante, el monarca comprendió la terrible verdad: su hijo no había muerto por accidente, sino que había sido víctima de una cons…