Secretos de familia · Ficción breve

El último galope sobre el ataúd de mi padre reveló su peor traición

El último galope sobre el ataúd de mi padre reveló su peor traición — Parte 1
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El salto de la última despedida

El cielo de Soria se extendía como un manto de plomo gris sobre la llanura castellana. El viento del norte traía un frío helador que calaba hasta los huesos, pero ninguno de los presentes parecía sentirlo. El dolor y la desconcertante frialdad de la situación flotaban en el aire húmedo. En mitad de un camino vecinal, flanqueado por rastrojos y un montón de arcilla húmeda, reposaba el féretro de caoba de Don Alejandro. Descansaba de forma precaria sobre unos caballetes de madera, esperando el momento de ser trasladado al cementerio familiar.

Mateo, vestido con un pesado abrigo negro que le llegaba casi hasta las rodillas, contemplaba la escena con una mezcla de incredulidad y amargura. A su alrededor, un pequeño grupo de vecinos observaba en un silencio casi sepulcral. Don Alejandro, el hombre más respetado de la comarca, se había ido de forma repentina, dejando tras de sí un testamento incomprensible que despojaba a su único hijo de todo su legado en favor de un advenedizo llamado Ernesto.

El último galope sobre el ataúd de mi padre reveló su peor traición
«No tiene sentido, Mateo. Tu padre jamás habría hecho algo así voluntariamente», le había susurrado un viejo amigo de la familia antes de comenzar el responso.

De repente, el lejano retumbar de unos cascos rompió la quietud de la tarde. Desde la linde de los pinos, un imponente caballo marrón oscuro apareció a todo galope. Era Fuego, el semental preferido de Don Alejandro, un animal indomable que solo respondía a las órdenes de su amo. El caballo corría desbocado, con las crines al viento y una determinación feroz en la mirada.

Los presentes ahogaron un grito cuando el semental enfiló el camino de tierra, directo hacia el ataúd de caoba. Sin dudar un instante, el animal se alzó sobre sus patas traseras y, en un despliegue de fuerza y belleza descomunal, saltó limpiamente por encima del féretro. Mateo observó la maniobra con el corazón en un puño. Al aterrizar, uno de los cascos del caballo rozó la madera de caoba. El sonido resultante no fue el golpe sordo de un cuerpo sólido, sino un eco extrañamente hueco y metálico que desató todas las alarmas.

El sonido resultante no fue el golpe sordo de un cuerpo sólido, sino un eco extrañamente hueco y metálico que desató todas las alarmas.