Segundas oportunidades · Historia

Huía sin rumbo bajo la lluvia hasta que un motero detuvo mi camino

Huía sin rumbo bajo la lluvia hasta que un motero detuvo mi camino — Parte 2
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Anteriormente: Ana huía de un pasado oscuro y de las garras de su ambicioso hermanastro. Cuando se vio acorralada en un frío aparcamiento, la llegada de un misterioso grupo de moteros cambió su destino para siempre.

La sombra del pasado acecha

Para sorpresa de Ana, el hombre no extrajo un arma de su chaqueta, sino un antiguo reloj de bolsillo de plata que ella reconoció al instante. Tenía las iniciales de su difunto padre grabadas en la tapa posterior. Las lágrimas acudieron a sus ojos, nublando su visión. El motero se presentó como Borja y le explicó rápidamente que su padre le había salvado la vida en el pasado, haciéndole prometer que la protegería si las cosas se complicaban con su hermanastro.

Antes de que Ana pudiera articular palabra de agradecimiento, un chirrido de neumáticos rompió la atmósfera. Un sedán negro entró derrapando en el aparcamiento, bloqueando la entrada principal. De su interior descendió Mateo, con el rostro desencajado por la rabia y la desesperación de las deudas que lo asfixiaban. Detrás de él, dos hombres de aspecto intimidante se posicionaron con actitud desafiante.

Huía sin rumbo bajo la lluvia hasta que un motero detuvo mi camino
¡Por fin te encuentro, maldita sea! —gritó Mateo, ignorando por completo la presencia de los moteros—. Vas a firmar el traspaso de los terrenos ahora mismo o te aseguro que lamentarás haber nacido.

Mateo extrajo un fajo de documentos arrugados de su abrigo junto con un bolígrafo, avanzando con paso firme hacia Ana. Sin embargo, Borja se interpuso en su camino como una muralla infranqueable. Los demás miembros del club de moteros descendieron de sus motos de inmediato, rodeando la escena en un círculo silencioso pero letal.

Furioso al ver su plan frustrado, Mateo sacó una navaja del bolsillo, su hoja brillando amenudamente bajo la tenue luz de las farolas que comenzaban a encenderse. Sus matones también hicieron ademán de atacar. La tensión en el aparcamiento era insoportable; la lluvia seguía cayendo, fría y ajena al peligro inminente de una tragedia sangrienta.

La tensión en el aparcamiento era insoportable; la lluvia seguía cayendo, fría y ajena al peligro inminente de una tragedia sangrienta.