La marca en mi piel que desenterró un peligroso secreto familiar en la carretera
El aire dentro de la Venta El Cruce estaba cargado de una mezcla pesada de grasa, café recalentado y humo de tabaco que flotaba bajo los fluorescentes parpadeantes. Era una típica cafetería de carretera en mitad de la nada castellana, con su suelo de damero desgastado y sofás de color turquesa que habían visto pasar mejores tiempos. En una de las mesas del fondo, el murmullo de los clientes habituales se apagó cuando Elia cruzó la puerta.
La joven, de apenas diecisiete años y constitución menuda, avanzó con paso firme pero cauteloso por el pasillo central. Su cabello de un rubio cobrizo caía desordenado sobre sus hombros, y vestía una chaqueta varias tallas más grande que parecía devorar su pequeña figura. Su rostro, pálido y serio, reflejaba una determinación inquebrantable que no encajaba con su corta edad. Sabía que estaba entrando en la boca del lobo, pero no le quedaba otra opción.

Al llegar frente a la mesa donde se reunían los moteros de la zona, Elia se detuvo. Butch, un hombre de aspecto rudo con un espeso bigote oscuro, la observó con evidente recelo. Sin decir una palabra, la joven levantó lentamente la manga izquierda de su enorme chaqueta, revelando su antebrazo. Allí, grabado en tinta negra ya un poco desgastada, destacaba un tatuaje inconfundible: una calavera alada con detalles extremadamente precisos.
El impacto en la mesa fue inmediato. Butch abrió los ojos de par en par, ahogando una exclamación mientras su rostro perdía el color. Al ver la marca, Slate, un motero imponente, calvo y de hombros anchos que vestía un chaleco de cuero oscuro, se levantó de golpe de su asiento. La silla chirrió violentamente contra el suelo de baldosas.
—Que nadie se mueva. Elia viene conmigo —bramó Slate, su voz resonando con una autoridad que paralizó a toda la cafetería.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, Slate se agachó protectoramente al lado de la joven, rodeando su hombro con su brazo masivo. Con una urgencia que no admitía réplicas, le susurró al oído:
—A la puerta, ahora.
”Con una urgencia que no admitía réplicas, le susurró al oído:—A la puerta, ahora.