Segundas oportunidades · Historia

La reclusa que arriesgó todo para salvar a una joven inocente en prisión

La reclusa que arriesgó todo para salvar a una joven inocente en prisión — Parte 2
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Anteriormente: Lorena no buscaba problemas en el patio de la prisión, pero cuando vio a la temible Begoña acorralar a una indefensa recién llegada, supo que no podía quedarse de brazos cruzados.

La conspiración en la sombra

La victoria en el patio fue efímera. Lorena sabía que en Cruz del Sur, humillar a una cabecilla como Begoña equivalía a firmar una sentencia de muerte. Tras el altercado, arrastró a Lucía hasta las duchas para limpiar sus heridas. Allí, oculta por el vapor y el murmullo del agua, la joven le confesó la terrorífica verdad: no se trataba de una simple novatada. Lucía poseía pruebas de que don Andrés, el jefe de seguridad de la prisión, controlaba una red de contrabando y extorsión dentro del penal. Su hermano, fallecido misteriosamente en su celda semanas atrás, le había confiado esos documentos antes de morir.

Lorena comprendió de inmediato que se enfrentaban a un enemigo mucho más peligroso que una reclusa violenta. Se enfrentaban al poder absoluto de la institución. Esa misma noche, la premonición de Lorena se materializó. Las luces del ala este se apagaron antes de tiempo, sumiendo el pasillo en una oscuridad sospechosa. El clic metálico de la cerradura de su celda rompió el silencio; la puerta de hierro se abrió lentamente, revelando tres figuras armadas con pinchos carcelarios.

La reclusa que arriesgó todo para salvar a una joven inocente en prisión

Al frente del grupo estaba Begoña, con la mandíbula vendada y los ojos inyectados en odio. Detrás de ellas, observando desde la penumbra del pasillo con una sonrisa cruel y cómplice, se encontraba el propio don Andrés. Los guardias habían sido retirados; el escenario estaba preparado para una ejecución silenciosa.

—¿Creías que ibas a salir de esta limpia, Lorena? —susurró Begoña con voz ronca, sopesando el metal afilado en su mano—. Hoy se acaba tu suerte.

Lorena retrocedió lentamente, sintiendo la fría pared de hormigón en su espalda. Sin armas y superada en número, apretó los puños, dispuesta a vender cara su vida en la penumbra de su celda.

Sin armas y superada en número, apretó los puños, dispuesta a vender cara su vida en la penumbra de su celda.