Traición · Historia

La reclusa que demostró su inocencia tras sobrevivir al patio más peligroso

La reclusa que demostró su inocencia tras sobrevivir al patio más peligroso — Parte 2
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Anteriormente: Jésica no solo luchaba por su vida en el patio de la prisión; buscaba la verdad detrás de la traición que la encerró injustamente tras las rejas.

La verdad entre los barrotes

Tras la pelea, la sargento de guardia dispersó a la multitud, pero el verdadero enfrentamiento apenas comenzaba. En la enfermería, donde ambas reclusas fueron llevadas para ser examinadas, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Aprovechando un descuido del médico de guardia, Jésica se acercó a la camilla de Roxanne. Esperaba una nueva amenaza, pero lo que encontró en los ojos de la giganta fue una mezcla de respeto y resignación.

No te odio, Jésica. Solo cumplo con mi trabajo. Me pagan una fortuna desde fuera para asegurarme de que nunca salgas con vida de esta prisión.

Las palabras cayeron como un jarro de agua fría sobre Jésica. Al exigirle el nombre de su benefactor, Roxanne escupió un hilo de sangre y pronunció el nombre que Jésica menos esperaba: Carlos, su prometido. El mismo hombre que juraba estar buscando pruebas para liberarla era quien financiaba su tormento. Carlos había planeado el robo de los diamantes de la joyería y la había incriminado para disfrutar del botín en solitario. Ahora que el caso iba a ser revisado, ella representaba un cabo suelto que debía desaparecer.

La reclusa que demostró su inocencia tras sobrevivir al patio más peligroso

Roxanne, sabiendo que su reputación en el patio se había desmoronado, decidió traicionar a su cliente. Le confesó a Jésica que guardaba un teléfono móvil oculto tras las lavadoras industriales de la prisión, donde conservaba los audios y mensajes de Carlos que demostraban su culpabilidad. Esa misma noche, desafiando el estricto toque de queda, Jésica se deslizó por los fríos pasillos de la prisión hasta la lavandería. Con el corazón en un puño, buscó a ciegas detrás de la maquinaria pesada hasta que sus dedos tocaron el dispositivo.

Al encender la pantalla, el horror se confirmó: las notas de voz de Carlos detallaban fríamente el plan para acabar con ella. Justo cuando guardaba la prueba definitiva en su uniforme, la puerta de la lavandería se abrió con un chirrido metálico. La sargento de guardia entró, iluminando el rostro pálido de Jésica con su linterna. «¿Qué haces aquí?», inquirió la oficial con frialdad.

«¿Qué haces aquí?», inquirió la oficial con frialdad.