La soldado que desafió al general con un arma rota por justicia
Anteriormente: Sara ingresó en el campamento militar con un solo objetivo: limpiar el nombre de su padre. Frente al temido General Maier, usó un fusil roto para demostrar de lo que era capaz.
En el sótano húmedo del cuartel, Sara esperaba con las manos esposadas. La puerta de hierro se abrió con un chirrido, revelando la silueta de Maier, quien entró solo, dispuesto a hacer desaparecer la única prueba que lo incriminaba. Con una sonrisa cruel, sacó la placa de policía de su bolsillo y encendió un soplete industrial para fundirla ante los ojos de la joven.
La trampa perfecta
Sin embargo, justo cuando Maier iba a destruir la placa, la megafonía de toda la base militar se activó de golpe. Para horror del general, una voz nítida y familiar comenzó a resonar en cada rincón del acuartelamiento, transmitiendo la conversación que acababan de tener minutos antes en el campo de tiro, incluyendo su confesión implícita sobre el asesinato de Manuel Torres.

Sara sonrió ligeramente y señaló el pequeño botón de su sudadera. No era un botón común, sino un micrófono de transmisión de alta frecuencia que Martín había activado desde la sala de comunicaciones de la base. En ese instante, el Coronel Vargas de Asuntos Internos entró en la celda acompañado por la policía militar, con las esposas listas para el general.
General Maier, queda usted arrestado por traición, asesinato y malversación de fondos del Estado. Todo el regimiento ha escuchado su confesión.
Maier dejó caer la placa al suelo, dándose cuenta de que su carrera y su libertad habían terminado. Sara recogió el metal plateado, lo limpió con delicadeza y lo apretó contra su pecho, sintiendo que por fin, después de una década de sombras, el alma de su padre descansaría en paz.
La verdad puede tardar años en salir a la luz, pero cuando lo hace, no hay torre de marfil lo suficientemente alta como para proteger a los culpables.


