Traición · Historia

Me encerraron para silenciarme, pero mi defensa en prisión cambió todo mi destino

Me encerraron para silenciarme, pero mi defensa en prisión cambió todo mi destino — Parte 1
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El asalto en las sombras del módulo

El agua fría corría entre los dedos de Carmen, pero no lograba calmar el fuego de la injusticia que quemaba en su pecho. Hacía apenas veinticuatro horas que había cruzado las puertas de la prisión provincial, despojada de su libertad y de su reputación por un crimen que jamás cometió. El lavabo de hormigón del módulo de mujeres estaba sumido en una penumbra húmeda, rota únicamente por el parpadeo de un fluorescente gastado.

Carmen se miró en el reflejo distorsionado del metal pulido. Sabía que en un lugar como ese, la debilidad era una sentencia de muerte. Lo que no esperaba era que el peligro acechara tan pronto. Detrás de ella, con pasos felinos que desmentían su gran envergadura, se aproximaba Rosa. La temida líder del patio avanzaba con una sonrisa sádica, escoltada por la sombra de la impunidad que los guardias corruptos le garantizaban.

Me encerraron para silenciarme, pero mi defensa en prisión cambió todo mi destino

Antes de que Carmen pudiera reaccionar, unas manos toscas se enredaron en su larga cabellera oscura. Con un tirón violento, Rosa estrelló su rostro contra el borde del fregadero y hundió su cabeza bajo el chorro de agua. El frío asfixiante llenó sus pulmones mientras escuchaba la risa ronca de su agresora.

—No te hagas la dura conmigo, niñata. Aquí las reglas las pongo yo —susurró Rosa con desprecio.

A través del cristal reforzado de la ventana del lavabo, decenas de reclusas se agolpaban, jaleando y celebrando la humillación de la recién llegada. Pero la soberbia de Rosa fue su mayor error. Carmen no era una víctima indefensa; años de riguroso entrenamiento militar y artes marciales mixtas despertaron en su interior. Con un movimiento felino, Carmen se impulsó contra la pared del lavabo, zafándose del agarre. En un abrir y cerrar de ojos, bloqueó el siguiente puñetazo de Rosa, conectó un golpe seco en su plexo solar y, con una espectacular patada voladora, la mandó directamente al suelo. El silencio se apoderó del lugar mientras Carmen, jadeando, sentenciaba su advertencia.

El silencio se apoderó del lugar mientras Carmen, jadeando, sentenciaba su advertencia.