Traición · Historia

Me encerraron por un crimen que no cometí, pero en prisión aprendí a defenderme

Me encerraron por un crimen que no cometí, pero en prisión aprendí a defenderme — Parte 1
Imagen del vídeo original

La ley del más fuerte

El aire en la prisión de mujeres siempre olía a una mezcla de desinfectante industrial y miedo contenido. Para Ámbar, una mujer de treinta y dos años atrapada en una pesadilla que no le correspondía, cada día entre aquellos muros verdes era una batalla por mantener la cordura. Su cabello cobrizo, antes sedoso, ahora lucía recogido sin esmero, y el chándal gris de presidiaria borraba cualquier rastro de la vida acomodada que una vez llevó en Madrid.

Aquel mediodía, el estrecho pasillo del módulo de aislamiento estaba inusualmente silencioso. Ámbar caminaba a paso firme, sosteniendo contra su pecho un bote de toallitas húmedas, un pequeño lujo higiénico que representaba su único vínculo con la dignidad. Sin embargo, el destino en prisión se tuerce en un segundo. De una de las esquinas emergió Carla, una reclusa de imponente presencia física, cabello rubio cortado al estilo pixie y una mirada cargada de malicia.

Me encerraron por un crimen que no cometí, pero en prisión aprendí a defenderme

Carla, vistiendo su habitual camiseta azul de enfermería, se interpuso en su camino. Con un movimiento rápido y despectivo, barrió el bote de toallitas de las manos de Ámbar, haciéndolo rodar por el suelo de cemento. La tensión en el pasillo se volvió insoportable bajo la parpadeante luz fluorescente.

—Hora de pagar el peaje, novata —siseó Carla, con una mueca de desprecio.

Ámbar no bajó la mirada. Sintió el impulso de retroceder, pero recordó que el miedo en ese lugar era una sentencia de muerte. Se irguió con determinación, desafiando la imponente estatura de su rival.

—Ven a por ellas —respondió Ámbar, con una frialdad que congeló el ambiente.

La provocación desató la furia de las agresoras. Una de las secuaces de Carla dio un paso al frente con el puño en alto, pero Ámbar fue más rápida: un golpe preciso y seco en la mandíbula envió a la mujer directamente contra la pared. Antes de que Carla pudiera reaccionar, Ámbar le propinó un puñetazo de impacto directamente en el estómago. Carla cayó doblada de dolor, derrotada. Con paso firme, Ámbar recogió sus pertenencias y se alejó, ignorando los quejidos a sus espaldas.

Con paso firme, Ámbar recogió sus pertenencias y se alejó, ignorando los quejidos a sus espaldas.