Traición · Historia

Me encerraron por un crimen que no cometí, pero en prisión aprendí a defenderme

Me encerraron por un crimen que no cometí, pero en prisión aprendí a defenderme — Parte 2
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Anteriormente: Ámbar pensó que la cárcel acabaría con ella, pero cuando las reclusas más peligrosas intentaron someterla, descubrió una fuerza interior que cambiaría su destino para siempre tras las rejas.

Una conspiración en las sombras

La victoria en el pasillo verde, sin embargo, duró muy poco. A media tarde, Ámbar fue conducida bajo estrictas medidas de seguridad hacia el área de locutorios. La sorpresa la invadió al descubrir que su visitante no era su abogado defensor, sino Marcos, el detective privado que había estado investigando su caso desde el exterior. Su rostro pálido y sus manos temblorosas contra el cristal de seguridad presagiaban lo peor.

A través del intercomunicador, la voz de Marcos llegó cargada de urgencia y desesperación. Había descubierto que la agresión de Carla no había sido un simple altercado por poder territorial. Detrás de todo estaba la cuñada de Ámbar, la verdadera autora del fraude financiero, quien temía que la inminente apelación judicial revelara la verdad y la enviara a ella tras las rejas de inmediato.

Me encerraron por un crimen que no cometí, pero en prisión aprendí a defenderme
—Ámbar, tu cuñada ha pagado una fortuna a una red corrupta dentro de esta prisión —susurró Marcos—. Han contratado a Carla para asegurarse de que nunca llegues a testificar en el juicio de apelación.

El plan era tan simple como macabro. Aprovechando un supuesto fallo eléctrico programado para esa misma noche, las luces del módulo se apagarían por completo. En medio de la oscuridad, las puertas de las celdas de aislamiento se abrirían misteriosamente gracias a la complicidad de un guardia corrupto, permitiendo que Carla y sus secuaces terminaran el trabajo sucio sin dejar testigos.

Al regresar al patio, Ámbar sintió el peso de una sentencia de muerte invisible. Carla la observaba desde la distancia con una sonrisa macabra, pasándose el dedo por el cuello. Sin poder confiar en los funcionarios de prisiones y con el tiempo corriendo en su contra, Ámbar sabía que la noche se convertiría en un escenario de vida o muerte. Tenía solo unas horas para preparar su defensa en la absoluta soledad de su celda de aislamiento.

Tenía solo unas horas para preparar su defensa en la absoluta soledad de su celda de aislamiento.