Me protegió en prisión del hombre que me traicionó, pero el peligro real apenas comenzaba
Anteriormente: Cuando Margarita fue traicionada y enviada a prisión, pensó que lo había perdido todo. Pero tras un brutal ataque en el patio, descubrió que su mayor enemiga no era quien ella creía.
La mano negra tras los muros
La agresión en el patio no había sido un accidente casual, y ambas mujeres lo sabían perfectamente. En la relativa seguridad de su celda, mientras Sara ayudaba a limpiar las raspaduras de Margarita, la dolorosa verdad finalmente salió a la luz. Margarita, con la voz rota por la emoción, confesó el motivo por el cual se había convertido en el blanco de las reclusas más peligrosas de la prisión.
—No es por mí, Sara. Es Eduardo, mi exesposo. Él me tendió la trampa para quedarse con los viñedos y ahora sabe que mi apelación está en marcha. Quiere asegurarse de que nunca salga viva de aquí —confesó Margarita, con lágrimas en los ojos.
Sara apretó los puños, comprendiendo la magnitud del peligro. Eduardo era un hombre sumamente poderoso y con la capacidad de comprar voluntades incluso dentro de aquellos muros de piedra. La confirmación de sus sospechas no tardó en llegar esa misma noche, cuando el silencio del pabellón fue interrumpido por el chirrido de la puerta de su celda.

El sargento Torres, uno de los guardias más temidos y corruptos del centro penitenciario, las obligó a levantarse bajo amenaza de confinamiento solitario. Sin dar explicaciones, las condujo por los pasillos oscuros hasta el sótano de la lavandería, un lugar completamente fuera del alcance de las cámaras de seguridad. Al entrar, la pesada puerta de hierro se cerró tras ellas con un eco metálico y definitivo.
Allí las esperaba Begoña junto a tres cómplices armadas con punzones metálicos. En su mano, Begoña sostenía un teléfono satelital con una videollamada activa. Al otro lado de la pantalla, el rostro de Eduardo sonreía con una frialdad espeluznante.
—Hola, Margarita. Pensaste que tu pequeña protectora te mantendría a salvo para siempre, pero todo tiene un precio en este lugar, y yo tengo más dinero del que jamás podréis imaginar —dijo Eduardo con malicia antes de colgar.
”Pensaste que tu pequeña protectora te mantendría a salvo para siempre, pero todo tiene un precio en este lugar, y yo tengo más dinero del…