Mi ex intentó destruir mi negocio familiar, pero mis aliados cobraron la deuda
El santuario de la carretera
El aire en "El Cruce" siempre había olido a café recién molido, gasolina y asfalto húmedo. Para Lucía, aquel restaurante de carretera no era solo un negocio; era el legado de su padre, un hombre que dedicó su vida a servir a los viajeros en la ruta de Zaragoza. Sin embargo, tras su fallecimiento, el marido de Lucía, Hugo, decidió vender el lugar a un grupo de promotores sin escrúpulos para saldar sus propias deudas de juego. Cuando Lucía se negó a firmar, Hugo envió matones para destrozar el local y aterrorizar a su hermano menor, Leo.
Desesperada y sin apoyo policial debido a las influencias de Hugo, Lucía decidió recurrir a la vieja escuela. Se puso su sudadera negra, se recogió el pelo y caminó con paso firme hacia el legendario bar de carretera donde se reunían los "Ángeles de Hierro", una banda de moteros liderada por Martín, un hombre rudo de barba canosa que le debía la vida a su padre.

Leo la siguió, temblando de miedo. Se sentó en una esquina, pidiendo una hamburguesa para disimular mientras observaba la escena. Lucía avanzó por el suelo ajedrezado del local hasta llegar al reservado de cuero rojo donde Martín tomaba su café solo. Se inclinó sobre la mesa, quedando frente a frente con el imponente motero.
—Ya sabes lo que tienes que hacer. Ahora mismo. Sin dudar —susurró Lucía, con una determinación de acero en la mirada.
Martín la observó en silencio durante unos segundos. Luego, con una sonrisa fría, miró a sus hombres y gruñó una sola orden:
—Rómpelo.
Toda la banda se levantó al unísono. Leo, desde su mesa, dio un mordisco nervioso a su hamburguesa y murmuró para sí mismo:
—Uf, eso no pinta bien.
”Leo, desde su mesa, dio un mordisco nervioso a su hamburguesa y murmuró para sí mismo: —Uf, eso no pinta bien.