Secretos de familia · Historia

Mi madre me dijo que buscara al hombre del lobo si corría peligro

Mi madre me dijo que buscara al hombre del lobo si corría peligro — Parte 1
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El refugio de las luces de neón

La lluvia golpeaba con fuerza los cristales de "El Faro", un viejo restaurante de carretera que parecía congelado en el tiempo. El olor a café quemado y el parpadeo constante de un letrero de neón rojo eran lo único que llenaba el ambiente silencioso de la medianoche. Clara entró corriendo, con el cabello empapado pegado a su rostro y el corazón latiéndole con una fuerza desbocada. Sus ojos azules, empañados por las lágrimas, recorrieron el lugar con desesperación. Sabía que el coche negro que la perseguía no tardaría en detenerse afuera.

En la mesa del rincón, un hombre de aspecto imponente permanecía sentado frente a una taza de café humeante. Tenía el cabello canoso, una barba descuidada y vestía un chaleco de cuero desgastado. Pero lo que hizo que el corazón de Clara se detuviera no fue su aspecto rudo, sino el parche bordado en su pecho: un lobo aullando bajo la luna. Las palabras de su madre resonaron en su mente como un eco del pasado: "Si alguna vez estás en peligro y yo no estoy, busca al hombre del lobo".

Sin pensarlo, Clara se deslizó en el banco de vinilo rojo frente a él. El hombre levantó la mirada, sorprendido por la repentina intrusión.

—¿Señor? —susurró Clara con la voz rota por el llanto y el frío.

El motero la observó detenidamente. A pesar de su apariencia intimidante, sus ojos reflejaron una profunda y genuina preocupación.

—Oye, ¿estás bien? —preguntó con una voz grave pero extrañamente cálida.

Clara miró hacia la ventana. Los faros del coche negro acababan de iluminar el estacionamiento. Un hombre con una chaqueta de mezclilla idéntica a la suya bajó del vehículo con paso firme.

—Ese no es mi padre —tartamudeó Clara, señalando hacia el exterior con terror.

El rostro del motero se endureció al instante. Sus hombros se tensaron y se inclinó hacia adelante.

—Ponte detrás de mí —ordenó con una firmeza absoluta.

Clara, temblando, estiró la mano y tocó el parche de cuero en su chaleco.

—Mamá dijo que, si alguna vez veía ese parche, corriera hacia ti —suplicó ella.

El hombre se quedó helado. Su respiración se detuvo por un segundo mientras miraba la mano de la joven sobre su pecho.

—¿Cómo se llama tu madre? —preguntó, con un hilo de voz.
—Rosa —susurró Clara.

—preguntó, con un hilo de voz.—Rosa —susurró Clara.