Mi madre me dijo que buscara al hombre del lobo si corría peligro
Anteriormente: Huyendo de un hombre peligroso que decía ser mi padre, encontré a un motero con un parche de lobo en su chaqueta. Mi madre me había advertido sobre él.
El regreso de los fantasmas del pasado
El nombre de Rosa pareció golpear al motero como un impacto físico. Sus ojos, antes duros como la piedra, se llenaron de una mezcla de dolor, nostalgia y una furia contenida que hizo temblar el aire a su alrededor. Antes de que pudiera hacer otra pregunta, la campana de la entrada del restaurante sonó con un tintineo estridente. Hugo entró, sacudiéndose el agua de la lluvia, con una expresión de rabia mal disimulada en el rostro.
Al ver a Clara sentada en la mesa del fondo, Hugo caminó rápidamente hacia ellos, ignorando por completo la imponente figura del motero.
—Clara, se acabó el juego. Nos vamos a casa ahora mismo —dijo Hugo, tomándola del brazo con un agarre de hierro.
Clara ahogó un grito de dolor, pero antes de que Hugo pudiera arrastrarla, el motero se puso de pie. Su estatura y su imponente físico hicieron que la pequeña cabina del restaurante pareciera minúscula. Con un movimiento rápido y certero, apartó la mano de Hugo del brazo de Clara.
—Suéltala —rugió el motero, interponiéndose entre ambos como un escudo humano.
Hugo retrocedió un paso, sorprendido por la intervención, pero rápidamente recuperó su sonrisa arrogante.
—No te metas en esto, viejo. Es mi hija y tengo todo el derecho legal sobre ella. Apártate si no quieres problemas —amenazó Hugo.
El motero soltó una risa amarga, una que heló la sangre de Hugo.
—Sé perfectamente quién eres, Hugo. Y sé que no tienes ningún derecho sobre ella. Hace veinte años intentaste destruir a Rosa para quedarte con su herencia, y ahora vienes a por su hija. Pero esta vez, yo estoy aquí —declaró el motero con voz de trueno.
El rostro de Hugo se desfiguró por el miedo al reconocer finalmente al hombre que tenía delante. Su arrogancia se desvaneció por completo.
—¿Joaquín? No... tú deberías estar muerto. ¡Nos encargamos de ti! —tartamudeó Hugo, llevando su mano al bolsillo trasero de su pantalón.
Con un movimiento desesperado, Hugo sacó una navaja automática. La hoja brilló bajo la luz parpadeante del neón, apuntando directamente al pecho de Joaquín.
”La hoja brilló bajo la luz parpadeante del neón, apuntando directamente al pecho de Joaquín.