Mi prometido me humilló por pobre en el altar sin saber quién era mi padre
La traición en el altar
El aire en la histórica iglesia de San Jerónimo el Real era frío, pero nada comparado con el hielo que de pronto se instaló en el pecho de Claudia. Vestida con un espectacular traje de novia de corte clásico, con el cabello rubio fresa cayendo en suaves ondas sobre sus hombros, miraba al hombre que consideraba el amor de su vida. Iván, impecable en su traje de doble botonadura, la miraba de vuelta. Sin embargo, no había admiración en sus ojos, sino una mueca de absoluto desprecio.
Inclinándose hacia ella bajo el pretexto de un susurro cómplice, Iván siseó palabras que destrozaron el corazón de la joven en mil pedazos:

¿De verdad creías que me casaría con una chica pobre como tú? Solo te utilicé para limpiar mi imagen ante la junta directiva de la empresa. Eres patética, Claudia.
Claudia sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Sus manos, que temblaban sin control, apretaron el ramo de rosas blancas hasta que las espinas comenzaron a lastimar su piel. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, arruinando su maquillaje de novia. Justo cuando Iván se disponía a dar media vuelta para dejarla plantada y humillada ante los pocos invitados, las pesadas puertas de madera del templo se abrieron de par en par.
Un hombre de porte aristocrático y cabello canoso avanzó con paso firme por el pasillo central. Vestía un elegante traje gris marengo que delataba su elevada posición social. Era Arturo.
Perdona el retraso, hija. Estaba en una reunión importante de la que no podía salir antes, pero aquí estoy,
dijo el recién llegado con una sonrisa cálida que se transformó en una mirada de acero al fijarse en el novio. Iván se giró, con la burla aún congelada en su rostro. Al reconocer al hombre, sus ojos se abrieron desmesuradamente y el color abandonó por completo sus mejillas.
¿Jefe? ¿Es usted su padre?
tartamudeó Iván, mientras Arturo rodeaba con un brazo protector a su desconsolada hija.
”¿Es usted su padre?tartamudeó Iván, mientras Arturo rodeaba con un brazo protector a su desconsolada hija.