Una niña encuentra la foto de mi difunta esposa y me revela que sigue viva
El encuentro inesperado en Segovia
El frío de la tarde otoñal calaba en los huesos mientras Roberto caminaba a paso apresurado por la histórica avenida de Segovia. El crujido de sus zapatos sobre los antiguos adoquines era el único sonido que competía con el murmullo lejano del tráfico. Vestido con una elegante chaqueta de traje azul oscuro, Roberto buscaba su teléfono en el bolsillo interior, sin percatarse de que un pequeño pedazo de papel fotográfico se deslizaba y caía suavemente al suelo húmedo.
A pocos metros de allí, Elia, una risueña niña de diez años protegida por una llamativa sudadera de algodón amarillo, vio caer el objeto. Con la curiosidad natural de su edad, se agachó para recogerlo. Al dar la vuelta a la imagen, sus grandes ojos almendrados se abrieron de par en par. Corrió tras el hombre, con el corazón latiéndole a mil por hora en el pecho.

Señor, ¿por qué tiene una foto de mi mamá?
Aquella pregunta, cargada de una inocencia abrumadora, resonó en los oídos de Roberto como un trueno en mitad de la noche. Se detuvo en seco. El aire pareció congelarse a su alrededor mientras se giraba lentamente, mostrando un rostro pálido y desencajado por la sorpresa.
¿Qué has dicho? —preguntó Roberto con un hilo de voz, temiendo haber escuchado mal.
La niña dio un paso al frente, sosteniendo el gastado retrato con ambas manos, apuntando a la mujer de la fotografía que sonreía bajo un sol de verano.
Mi mamá —repitió Elia con total seguridad, mirándolo con una fijeza que desarmaba cualquier duda.
Roberto sintió que las piernas le fallaban. Sin importarle el estado de su traje, se arrodilló sobre la dura piedra de la calle para quedar a la altura de la pequeña. Sus manos temblaban de manera incontrolable cuando tomó con suavidad los hombros de Elia.
Esa es mi mujer, pequeña. Murió hace diez años en un terrible accidente —susurró él, con los ojos empañados por las lágrimas del dolor acumulado durante una década.
Pero la respuesta de la niña terminó por destruir la poca cordura que le quedaba.
No, mi madre está viva. Y nos está esperando en casa —afirmó Elia con una sonrisa sincera.
”Y nos está esperando en casa —afirmó Elia con una sonrisa sincera.