Protegí a una anciana en prisión y descubrí su oscuro secreto familiar
El patio de los lobos
El sol de la tarde caía implacable sobre el patio de cemento de la prisión de Cruz del Sur. El aire, denso y cargado de tensión, apenas permitía respirar a las reclusas que caminaban en círculos bajo la atenta pero distante mirada de los guardias. Entre la multitud silenciosa, Marta, una mujer de avanzada edad y mirada cansada, arrastraba los pies con dificultad. A su lado, Sara, una joven reclusa de brazos tatuados y mirada de acero, la acompañaba de cerca, actuando como un escudo invisible contra la hostilidad del lugar.
De repente, el violento impacto de un balón de fútbol en la espalda de Marta rompió la frágil calma. El golpe la mandó directamente al suelo, donde quedó tendida, quejándose de dolor. Sara se arrodilló de inmediato para ayudarla, sintiendo cómo la rabia encendía su sangre. Una risa áspera y burlona cortó el aire.

—La pelota ha dado justo donde debía, ¿verdad? —siseó una voz cargada de veneno.
Era Beatriz, una de las reclusas más peligrosas y temidas del módulo, que se interpuso en su camino con una mirada cargada de desprecio absoluto. Detrás de ella, Carla, una mujer corpulenta y de mirada fría, esperaba la orden para atacar. «Se acabó para ti», sentenció Beatriz, lanzándose hacia adelante con intenciones letales.
Pero Sara fue más rápida. Con un movimiento felino, bloqueó el ataque de Beatriz y se interpuso en su camino. Cuando Carla intentó embestirla por el flanco, Sara esquivó el golpe con precisión quirúrgica, devolviendo un rodillazo fulminante al estómago de la agresora, seguido de un revés implacable que mandó a Carla directamente al suelo. El patio enmudeció. Sara, sin perder de vista a Beatriz, se agachó con ternura para levantar a Marta, sabiendo que la verdadera guerra acababa de comenzar.
”Sara, sin perder de vista a Beatriz, se agachó con ternura para levantar a Marta, sabiendo que la verdadera guerra acababa de comenzar.