El secreto oculto en alta mar que destruyó mi compromiso en un segundo
El sol de la tarde de Ibiza caía con un brillo deslumbrante sobre la cubierta de madera del yate, tiñendo el mar de un azul turquesa casi irreal. Yo, Aitana, me sentía la mujer más afortunada del mundo. Con mi vestido largo de color azul claro ondeando al viento, me apoyé en la barandilla de plata, respirando el aire puro del Mediterráneo. A pocos metros, mi prometido, Andrés, vestido con su elegante polo azul marino y pantalones caqui, me miraba con una sonrisa pícara.
De repente, Andrés se acercó sigilosamente por detrás y comenzó a tamborilear rápidamente sobre mi espalda con golpes simulados, imitando un solo de batería de forma juguetona. Yo solté una carcajada, dejándome llevar por su energía contagiosa. Sin embargo, la diversión se interrumpió en una fracción de segundo.

Samanta, mi mejor amiga, que descansaba en el sofá exterior luciendo unas gafas de sol oscuras y un caftán naranja brillante, se levantó de golpe. Su expresión no era de diversión, sino de una furia ciega y descontrolada. Corrió hacia nosotros como un rayo. Antes de que Andrés pudiera reaccionar, Samanta le propinó una serie de bofetadas rápidas en el rostro que resonaron en toda la cubierta.
El juego se congeló. El silencio fue absoluto, roto solo por el murmullo de los motores. Samanta, con los ojos inyectados en sangre, agarró a Andrés por el cuello de su polo con una fuerza descomunal. Con un gruñido dramático, exclamó:
¡Uf!
Y con un empujón violento, lo lanzó hacia atrás sobre la barandilla. El cuerpo de Andrés dio una voltereta en el aire antes de caer de espaldas al océano, levantando una inmensa columna de agua. Me quedé helada, mirando el vacío, sin comprender la locura que acababa de presenciar.
”Me quedé helada, mirando el vacío, sin comprender la locura que acababa de presenciar.