Traición · Historia

La ambición de mi prometida casi acaba con la vida de mi abuela

La ambición de mi prometida casi acaba con la vida de mi abuela — Parte 1
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Una traición en el vestíbulo de mármol

Arturo Garrido caminaba hacia la mansión familiar con el corazón ligero y una sonrisa en el rostro. Entre sus manos sostenía un hermoso ramo de tulipanes rojos, las flores favoritas de su prometida, Diana. Faltaban apenas unas semanas para la boda y todo parecía marchar a la perfección. Sin embargo, al abrir la pesada puerta de roble de la residencia, el silencio sepulcral de la casa lo recibió como un balde de agua fría. No era el recibimiento cálido al que estaba acostumbrado.

De repente, un grito ahogado rompió la calma del lugar. Provenía del gran vestíbulo principal, un espacio majestuoso de suelo de mármol blanco y una imponente escalera de madera de cerezo. Al asomarse, Arturo se quedó petrificado. Su abuela Elena, una anciana respetable que siempre había sido el pilar de la familia, yacía en el suelo aferrada con desesperación a su bastón de madera. Sobre ella, con una furia salvaje que desfiguraba su habitual rostro angelical, estaba Diana. Vestida con un elegante traje burdeos, la joven forcejeaba violentamente con la anciana, intentando arrebatarle un pequeño cofre de metal.

La ambición de mi prometida casi acaba con la vida de mi abuela
—¡Suéltalo de una vez, vieja estúpida! ¡Esto me pertenece por derecho! —gritaba Diana, propinándole un fuerte empujón a la anciana.

El ramo de tulipanes cayó de las manos de Arturo, esparciéndose por el suelo pulido. Ver a la mujer que amaba agredir a su abuela desató una furia ciega en su interior. Sin dudarlo, corrió hacia ellas. Agarró a Diana fuertemente por el cabello, tirando de ella hacia atrás con una fuerza descomunal. Cuando Diana se giró para atacarlo a él, Arturo reaccionó por instinto de protección: le propinó un golpe certero en el rostro que la envió directamente al suelo, y luego la apartó de un puntapié para interponerse entre ella y la temblorosa anciana.

Mientras Diana se quejaba de dolor en el suelo, Arturo se arrodilló para consolar a Elena. La policía, alertada por los ruidos, no tardó en llegar para llevarse a la agresora. Pero la verdadera pesadilla para Arturo apenas estaba comenzando.

Pero la verdadera pesadilla para Arturo apenas estaba comenzando.