La ambición de mi prometida casi acaba con la vida de mi abuela
Una traición en el vestíbulo de mármol
Arturo Garrido ajustó la corbata frente al espejo retrovisor de su coche y sonrió. El tráfico de Madrid había sido indulgente aquella tarde de martes, y por primera vez en semanas sentía que el tiempo jugaba a su favor. Sostenía entre las manos un ramo de tulipanes rojos envueltos en papel celeste, las flores favoritas de Diana, y planeaba llegar a la mansión sin avisar para verla sonreír con esa dulzura que lo había cautivado desde el primer día.
Al cruzar el umbral de la gran puerta de roble tallado, un silencio extraño lo envolvió. No estaban los pasos de la señora Marta en la cocina ni el sonido del televisor encendido en el salón. Solo el tic-tac del reloj de pie, que siempre marcaba la hora con precisión, parecía latir con una urgencia desconocida. Arturo dio un paso hacia el vestíbulo, y entonces lo escuchó: un grito desgarrador, mezcla de dolor y furia, que le heló la sangre en las venas.

Corrió sin pensar, el ramo apretado contra el pecho, y al girar la esquina que daba al gran vestíbulo de mármol blanco, el mundo se detuvo. Su abuela Elena yacía en el suelo, con el vestido gris arrugado y el bastón de madera rodando a un lado, mientras Diana, con su vestido burdeos impecable, la sacudía por los hombros como si fuera un muñeco de trapo. —¡Suéltalo! —gritaba Diana, con la voz ronca de rabia—. ¡Ese cofre es mío, vieja miserable!
Arturo sintió que sus piernas se negaban a moverse, pero la adrenalina lo empujó. El ramo cayó, los tulipanes esparciéndose sobre el mármol frío como lágrimas rojas. —¡Diana! —bramó, y su voz retumbó en el vestíbulo. Ella se giró, y por un instante, en sus ojos verdes vio algo que nunca había notado: una frialdad absoluta, una oscuridad que no conocía el amor. Pero no se detuvo; volvió a golpear el pecho de la anciana, que sollozaba llamando a su nieto.
Entonces Arturo se lanzó. Su mano se enredó en el cabello castaño de Diana, tirando hacia atrás con una fuerza que lo sorprendió a él mismo. Ella gritó, intentando arañarle la cara, pero él la apartó con un golpe seco en la mandíbula que la envió de espaldas al suelo. El sonido del impacto resonó en el mármol, y por un momento, todo quedó en silencio. Diana yacía gimiendo, con el labio partido y la mirada perdida, mientras Arturo se arrodillaba junto a su abuela, temblando de ira y de miedo.
—Ya está, abuela, ya está —susurró, abrazándola con fuerza mientras ella se aferraba a su camisa, mojada de lágrimas. La policía llegó veinte minutos después, alertada por los vecinos, y se llevaron a Diana esposada, que aún gritaba insultos mientras desaparecía en la patrulla.
Arturo la vio partir sin sentir ni una pizca de compasión, pero cuando los paramédicos atendieron a Elena en el salón, supo que aquello no había terminado. El cofre de metal, semiabierto en el suelo, parecía llamarlo con una voz silenciosa.
Se acercó con pasos lentos, el corazón golpeándole el pecho como un tambor. Dentro, no encontró joyas ni dinero, sino papeles amarillentos y un testamento que llevaba la fecha de hacía apenas una semana.
Al leer las primeras líneas, sintió que la tierra se abría bajo sus pies: su abuela lo había nombrado heredero universal, desheredando a su tío Roberto por sus deudas de juego. Y entre las páginas, una carta escrita a mano por Roberto, dirigida a Diana, detallaba cada paso de su plan para seducirlo y robar la mansión antes de la boda.
Arturo miró a su abuela, que lo observaba desde el sofá con los ojos llenos de lágrimas, y comprendió que la traición no había comenzado aquella tarde.
”Y entre las páginas, una carta escrita a mano por Roberto, dirigida a Diana, detallaba cada paso de su plan para seducirlo y robar la man…