Secretos de familia · Historia

Un desconocido me pidió que fingiera conocerlo, pero el peligro era para mí

Un desconocido me pidió que fingiera conocerlo, pero el peligro era para mí — Parte 2
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Anteriormente: Cuando Rubén se acercó a Felipe en el aeropuerto suplicando ayuda, Felipe pensó que salvaba a un extraño. Pero el hombre de negro no buscaba al chico; venía a por él.

El regreso del pasado

Aquellas palabras cayeron sobre Felipe como una losa de hormigón. El hombre del abrigo negro comenzó a caminar lentamente hacia ellos. Con cada paso que daba, sus facciones se hacían más nítidas bajo la luz crepuscular de la terminal. Felipe sintió que el aire se escapaba de sus pulmones cuando finalmente reconoció aquel rostro frío y calculador: era Simón, el hombre del que había estado huyendo durante la última década.

Felipe retrocedió un paso, manteniendo a Rubén detrás de él. El chico temblaba, con la mirada fija en el suelo. La traición flotaba en el aire, pero también una profunda confusión. ¿Cómo sabía Simón que Felipe estaría en ese aeropuerto exacto? ¿Y qué papel jugaba este joven desconocido en toda esta pesadilla?

Un desconocido me pidió que fingiera conocerlo, pero el peligro era para mí
¿Qué significa esto, Rubén? ¿Quién eres tú realmente? —preguntó Felipe en un susurro tenso, sin apartar los ojos de la figura que se aproximaba.
Lo siento... lo siento mucho —sollozó Rubén—. Simón me contrató para localizarte. Me dijo que eras un fugitivo que le había robado todo. Pero cuando descubrí lo que planeaba hacerte hoy en este aeropuerto, no pude seguir con el plan. Quise advertirte, pero él ya estaba aquí.

Simón se detuvo a escasos dos metros de ellos. Una sonrisa gélida y triunfante se dibujó en sus labios. Con una parsimonia aterradora, metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo largo, revelando la silueta de un objeto metálico que hizo que los pocos pasajeros cercanos se apartaran con disimulo al presentir el peligro.

Diez años buscándote, Alejandro —dijo Simón, usando el verdadero nombre que Felipe había enterrado—. Pensaste que cambiarte el nombre y mudarte de ciudad bastaría para borrar tu deuda. Pero la sangre no se limpia tan fácilmente. Hoy se acaba tu viaje.

Pero la sangre no se limpia tan fácilmente. Hoy se acaba tu viaje.